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sábado, 25 de octubre de 2014

¿Fundamentalismo cristiano? 2ª parte (7) [Aggiornamento]

Cuando ya estaba perfectamente claro cuál es -y ha sido siempre- la doctrina de la Iglesia, han ido apareciendo a lo largo de la segunda mitad del siglo XX -y continúan apareciendo- una serie de "innovadores" (influidos por las filosofías de Kant y de Hegel, fundamentalmente) que dicen que la Iglesia se ha quedado anticuada y rezagada con respecto al mundo moderno.  

De hecho ese fue uno de los motivos más importantes que llevó al papa Juan XXIII a la celebración del Concilio Vaticano II. [Como sabemos éste tuvo lugar en cuatro sesiones espaciadas en el tiempo, la primera de las cuales fue presidida por el propio Papa Juan XXIII el 11 octubre de 1962. Muerto Juan XXIII, continuaron el resto de sesiones con el siguiente Papa Pablo VI, dándose por concluido dicho Concilio el 8 de diciembre de 1965] . Fue allí cuando se afianzó el término "aggiornamento" -que aún se sigue utilizando- como si en esa palabra se encontrara la síntesis más completa del Vaticano II.  Su significado podría ser el de "puesta al día", o el de "adaptarse a los tiempos modernos"; pero, ¿qué significa eso exactamente? No queda suficientemente claro y se presta a interpretaciones diversas.


Es evidente que cuando el papa Juan XXIII convocó el Concilio con el fin de renovar y "aggiornare" tendría una idea clara de aquello a lo que se refería al usar esa palabra. Básicamente -al menos, así yo lo interpreto- se trataba de que la doctrina católica llegara al mayor número de personas y de modo explícito indicó que el sentido de dicho Concilio era solamente "pastoral"; que la doctrina de la Iglesia estaba clara y que no podía tocarse de ninguna de las maneras. Así se puede leer en el discurso de apertura del Concilio Vaticano II que tuvo lugar el 11 de octubre de 1962: 


El gesto del más reciente y humilde sucesor de San Pedro, que os habla, al convocar esta solemnísima asamblea, se ha propuesto afirmar, una vez más, la continuidad del Magisterio Eclesiástico, para presentarlo en forma excepcional a todos los hombres de nuestro tiempo, teniendo en cuenta las desviaciones, las exigencias y las circunstancias de la edad contemporánea.

El supremo interés del Concilio Ecuménico es que el sagrado depósito de la doctrina cristiana sea custodiado y enseñado en forma cada vez más eficaz.

Es necesario que la Iglesia no se aparte del sacro patrimonio de la Verdad, recibido de los Padres; pero, al mismo tiempo, debe mirar a lo presente, a las nuevas condiciones y formas de vida introducidas en el mundo actual, que han abierto nuevos caminos para el apostolado católico.

El Concilio Ecuménico XXI  [puesto que han habido veinte concilios a lo largo de la Historia de la Iglesia y éste es el que hace veintiuno] (...) quiere transmitir pura e íntegra, sin atenuaciones ni deformaciones, la doctrina que durante veinte siglos, a pesar de dificultades y de luchas, se ha convertido en patrimonio común de los hombres; patrimonio que, si no ha sido recibido de buen grado por todos, constituye una riqueza abierta a todos los hombres de de la adhesión renovada, serena y tranquila, a todas las enseñanzas de la Iglesia, en su integridad y precisión, tal como resplandecen principalmente en las actas conciliares de Trento y del Vaticano I


Una cosa es la substancia de la antigua doctrina, del "depositum fidei", y otra la manera de formular su expresión; y de ello ha de tenerse gran cuenta —con paciencia, si necesario fuese— ateniéndose a las normas y exigencias de un Magisterio de carácter predominantemente pastoral.

Es motivo de dolor el considerar que la mayor parte del género humano —a pesar de que los hombres todos han sido redimidos por la Sangre de Cristo— no participa aún de esa fuente de gracias divinas que se halla en la Iglesia católica


De modo que lo que no se puede hacer es intentar cambiar la Iglesia de siempre, fundada por Jesucristo, y transformarla en otra "iglesia" distinta (que ya no sería la verdadera Iglesia) con el pretexto de que la Iglesia tiene que ponerse al día, tiene que "aggiornarse": la "pastoral" ha de ser, por lo tanto, diferente de la que había sido hasta ahora.

Todo eso es cierto, puesto que es misión de la Iglesia que el Mensaje de Jesús llegue a todos los hombres. También ha de pensar en el modo más efectivo de conseguirlo, que de eso se trata cuando se habla de pastoral. Lo que no puede hacerse -y, de hecho, se está haciendo- es cambiar el Mensaje evangélico. Y lo que es aún peor: realizar ese cambio diciendo que no hay tal cambio



Con la excusa de la "nueva pastoral" y de que los cristianos tenemos que estar pendientes de los llamados "signos de los tiempos", lo que de hecho se está haciendo -aunque se quieran cerrar los ojos para no ver- es un cambio en la doctrina. Evidentemente, esto se va a negar. Pero los hechos están ahí para que el que quiera ver, que los vea.

En su momento, Benedicto XVI habló de la "hermenéutica de la continuidad" para expresar así que la doctrina actual de la Iglesia seguía siendo la misma, antes y después del Concilio Vaticano II, pero lo que observamos que se está produciendo, realmente, es una "hermenéutica de ruptura" con la Tradición anterior.

Se utilizan una serie de expresiones ambiguas, impropias de la Iglesia, que pueden dar lugar a diferentes interpretaciones. Se ponen en tela de juicio determinados puntos de la doctrina de la Iglesia, que no se pueden cambiar. Y se los presenta, además, como "avances pastorales en la "misericordia" hacia las personas, cuando  ni son avances
[sino auténticos retrocesos en la comprensión de lo que es la doctrina católica] ni son pastorales [pues una pastoral que no respete la doctrina no es una verdadera pastoral] ni ejercitan la misericordia con los pecadores [no, al menos, la misericordia de la que Jesús habla en el Evangelio, que es la verdadera misericordia, la cual va siempre acompañada de la verdad y de la justicia] 


Los que así proceden no son verdaderos pastores sino ladrones y salteadores, a quienes no les importan las ovejas (Jn 10, 8). Ahí están las palabras del Señor que son las únicas que nos pueden salvar y a las que tenemos que acudir siempre: "Yo soy la puerta [de las ovejas]; si alguno entra por Mí se salvará, y entrará y saldrá, y encontrará pastos" (Jn 10, 9). No hay otro camino para entrar en el redil si no es a través de Jesucristo y con Jesucristo.


Se utiliza hoy mucho la palabra "misericordia" como si se tratara de un nuevo descubrimiento: la "misericordina" es la pastilla eficaz para solucionar todos los problemas. Por supuesto que Dios es infinitamente Misericordioso: "Dios es rico en misericordia" (Ef 2,4), pero también es infinitamente Justo. [En Dios, Misericordia y Justicia, Misericordia y Verdad son una misma cosa, pues Dios es Simple].



Ciertamente, el Mensaje de Jesús debe llegar al mayor número posible de personas, pero sin falsear el Mensaje recibido, como Palabra de Dios que es, para transmitirlo íntegramente de generación en generación hasta el final de los tiempos. Es una nota esencial de la verdadera Iglesia la fidelidad al depósito recibido. ¿Cómo nos vamos a inventar ahora nuevas doctrinas? Desde luego que, si así lo hiciéramos, ya no estaríamos ante la Palabra de Dios. 

La división que se está produciendo en la Iglesia entre conservadores (tradicionalistas) y progresistas (influidos por la herejía modernista) es realmente escandalosa. Por esencia la Iglesia tiene que ser conservadora, puesto que tiene que transmitir el Mensaje recibido de Jesucristo [que es el mismo ayer, y hoy y por los siglos (Heb 13, 8)] quien dijo: "El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán" (Lc 21, 33; Mt 24, 35). 

Otra cosa diferente es lo que llamaríamos pastoral, que es la manera de hacer llegar esas palabras a todo el mundo. Pero desde luego, la primera regla para una auténtica y eficaz pastoral es predicar la verdadera doctrina católica. Ésto es hoy más urgente que nunca, y es precisamente lo que no se está haciendo [hablo en términos generales, pues gracias a Dios, aún queda gente fiel al Evangelio y a la Tradición de la Iglesia]. La gente ya no conoce a Jesucristo, porque no se le habla de Él.

Por eso no es ningún atrevimiento el decir que nos hallamos en una situación de "apostasía universal" o muy próximos a ella. ¿Coincidirá con aquella "apostasía universal" de la que se habla en la Biblia, aquella que coincidiría con el final de los tiempos? No lo podemos saber. Pero lo que no se puede negar es que se está llegando a tal situación -y esto a nivel mundial- aunque haya todavía mucha gente empeñada en negar lo evidente.  El querer enmendar la plana a Dios, la negación de lo sobrenatural y la invención de nuevas "doctrinas", meramente humanas,  no puede traernos sino consecuencias nefastas, porque "de Dios nadie se ríe" (Gal 6, 7)

Acabamos esta entrada con unas palabras del apóstol Judas Tadeo: "Carísimos, teniendo mucho interés en escribiros sobre nuestra común salvación, me he visto en la necesidad de hacerlo para animaros a luchar por la fe transmitida a los santos de una vez para siempre" (Jd, 3)


(Continuará)

miércoles, 22 de octubre de 2014

¿Fundamentalismo cristiano? 2ª parte (6) [Señor del mundo]

Conviene recordar, o aprender -si no se sabe- que la fidelidad de un cristiano no es a tal o cual Papa, no es a un Papa concreto, sino al Papado, instituido directamente por Jesucristo, así como también a los dogmas que se han ido definiendo a lo largo de la historia de la Iglesia, verdades que son inalterables por voluntad de su Fundador: "Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Te daré las llaves del Reino de los Cielos; y todo lo que ates sobre la tierra quedará atado en los cielos, y todo lo que desates sobre la tierra quedará desatado en los cielos" (Mt 16, 18-19). 


Las palabras de Jesús, como Dios que es, Señor de la Historia, son siempre actuales; no sirven sólo para una determinada época o para un lugar concreto, sino para todos los tiempos y lugares: "Jesucristo es el mismo ayer y hoy y por los siglos" (Heb 13, 8). De igual modo ocurre con los dogmas, como verdades absolutas definidas de una vez para siempre, a lo largo de la Historia de la Iglesia, verdades que no evolucionan ni se tienen que adaptar a los tiempos.


Es lo que ocurre con todos los misterios y verdades de fe, cuyo contenido no depende de la conciencia personal subjetiva de cada uno. O se aceptan y se creen (y si se está bautizado se forma, entonces, parte de la Iglesia) o no se aceptan y no se creen (en cuyo caso no se forma parte de la Iglesia, como Cuerpo Místico de Cristo). Si alguien opta por la segunda opción, debe saber que tiene siempre a su disposición el sacramento de la Penitencia, del que puede hacer uso, [si quiere]; y si se arrepiente sinceramente de su falta de fe ante un sacerdote recibe de éste la absolución, mediante la cual se le perdonan todos los pecados que haya cometido, puesto que el sacerdote actúa "in persona Christi".


[Aunque no venga expresamente al caso, creo que no está de más volver a repetir algunos puntos que pienso que no se tienen lo suficientemente claros. Citaré sólo tres:

1. No tenemos dos sino un solo Papa, que es el papa Francisco. El anterior papa Benedicto XVI ya no es Papa, aunque vista de blanco, se llame Papa emérito y aparezca junto al papa Francisco en algunas ceremonias, para mayor confusión del pueblo cristiano. Dimitió libremente como Papa (así lo expresó personalmente) y, desde ese momento, dejó de ser Papa. Vuelve a ser, otra vez, el cardenal Ratzinger. El Papado es una institución, no es un sacramento. Un sacerdote o un obispo lo es para siempre, puesto que el sacerdocio imprime carácter en el alma del sacerdote. No así la condición de Papa. Esta idea es fundamental. De igual modo que se dice: "Madre no hay más que una", se puede también decir que "Papa no hay más que uno".

2. El papa Francisco es un Papa legítimo, incluso aun cuando hubiesen habido irregularidades en su nombramiento como Papa -tal y como algunos dicen-. De ser así, ese nombramiento tendría que haber sido impugnado en su momento, lo que no se hizo. La sede de Pedro, por lo tanto, no está vacante, como erróneamente piensan los llamados sedevacantistas.

3. No se puede demostrar que estemos ante un Papa hereje. Aunque así fuese -que eso sólo Dios puede saberlo- tal afirmación tendría que ser demostrada de modo inequívoco, puesto que nadie puede juzgar al Papa, al ser la máxima autoridad en la Iglesia. Y eso pese a la infinidad de expresiones "papales" que continuamente aparecen en los medios y que darían pie para pensar así. Dado el lenguaje usado y las circunstancias en que lo ha hecho, el Papa siempre podría argumentar que se ha interpretado mal lo que él dijo; no puede afirmarse, con rotundidad, que estemos en presencia de un papa hereje. Para ello, o bien tendría que ser el propio Papa quien reconociera formal y públicamente su herejía, o bien tendría que expresarse de tal manera que negase alguna verdad de fe, de modo explícito. Si tal evento se produjera  -lo que, evidentemente, no va a ocurrir- sólo entonces ipso facto quedaría depuesto como Papa. ]

(Continuará)

¿Fundamentalismo cristiano? 2ª parte (5) [Señor del mundo]

Como acabamos de ver, el Señor habla de la necesidad de la conversión como algo esencial para poder recibir su Mensaje y deja como misión a Pedro y a los apóstoles la de ir por todo el mundo enseñando a las gentes todo cuanto Él les ha enseñado a ellos así como la de bautizarlos para que pasen a formar parte del Reino de Dios, sin esperar nada a cambio: "Gratis lo habéis recibido, dadlo gratis" (Mt 10, 8). Él es nuestra recompensa: "He aquí que vengo pronto, y conmigo mi recompensa, para dar a cada uno conforme a sus obras" (Ap 22, 12) 


Aunque las palabras de Jesús son claras, ante posibles interpretaciones erróneas (que, como sabemos por la Historia, siempre han tenido lugar), la Iglesia Jerárquica es -y ha sido siempre- la fiel depositaria del mensaje recibido y de su correcta interpretación. Evidentemente, nos referimos a la Iglesia de siempre, aquella que es Una, Santa, Católica y Apostólica

Ya sabemos que las dos fuentes de la Revelación de las que un católico debe de alimentarse son las Sagradas Escrituras y la Tradición. Ésos son los buenos pastos que las ovejas del rebaño de Cristo esperan de sus pastores Recordemos algunas recomendaciones del apóstol Pablo, en este sentido, cuando le decía a Timoteo:  "Tú persevera en lo que has aprendido y creído, sabiendo de quiénes lo aprendiste, y que desde la infancia conoces las Sagradas Escrituras, que pueden instruirte en orden a la salvación por medio de la fe que está en Cristo Jesús. Pues toda Escritura es divinamente inspirada, y es también útil para enseñar, para rebatir, para corregir, ... (2 Tim 3, 14-16). Y en otra parte añade: "hermanos, manteneos firmes y guardad las tradiciones que habéis aprendido de nosotros, de palabra o por carta" (2 Tes 2, 15)

La Iglesia tiene, pues, una doble misión, recibida de Jesucristo. En primer lugar -y esto está recibido como un mandato- debe extenderse por todo el mundo, proclamando el Evangelio a todas las gentes y bautizándolas (Mt 28, 19); por una razón muy sencilla, cual es la de que "Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad" (1 Tim 2, 4), lo que únicamente será posible si lo conocen a Él y lo aman, pues sólo Él ha podido decir: "Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por Mí(Jn 14, 6). 

La fe no es un asunto privado, algo que deba quedar relegado al campo de los sentimientos personales, ya que afecta a la salvación entera del género humano. Y para esta salvación no es lo mismo profesar una religión u otra, si nos atenemos a las palabras contenidas en el Nuevo Testamento: "Uno solo es Dios y uno solo es también el mediador entre Dios y los hombres: Jesucristo hombre, que se entregó a sí mismo en redención por todos" (1 Tim 2, 5-6). 

¿Para qué, si no, se hizo hombre el Hijo de Dios? ¿Qué sentido habría tenido su venida al mundo? El mundo cambiará [a mejor] en la medida en que la gente conozca y ame a Jesucristo. Y ésta es una de las misiones de la Iglesia. De ahí las importantes palabras de san Pablo a los romanos: "No os acomodéis a este mundo, sino transformaos por la renovación de la mente, de modo que podáis discernir cuál es la voluntad de Dios; esto es, lo bueno, lo agradable, lo perfecto" (Rom 12, 2)

En segundo lugar, es fundamental que la Palabra de Dios llegue íntegra a los que van a recibirla, sin ser adulterada, tergiversada, escamoteada o modificada; sin añadir y sin quitar nada de lo que en ella se contiene. El autor de las Sagradas Escrituras es el Espíritu Santo, que inspiró a aquellos que las escribieron, de manera tal que no erraran en nada de lo que escribiesen.  No son simples palabras pronunciadas por cualquiera. : "Mis palabras -decía Jesús- son Espíritu y Vida" (Jn 6, 63). "El cielo y la tierra pasarán pero mis palabras no pasarán" (Mt 24, 35). 

De ahí la enorme importancia de las traducciones que se hagan de la Sagrada Escritura a los diferentes idiomas: es preciso que transmitan, con la mayor fidelidad posible, los escritos originales para que el mensaje del Jesús que se predique a la gente sea lo más parecido al auténtico mensaje de Jesús. En la medida en la que esto sea así sus efectos serán los esperados, pues "la palabra de Dios es viva y eficaz y más cortante que una espada de doble filo; entra hasta la división del alma y del espíritu, de las articulaciones y de la médula, y descubre los sentimientos y pensamientos del corazón. No hay ante ella criatura invisible, sino que todo está desnudo y patente a los ojos de Aquel a quien hemos de rendir cuentas" (Heb 4, 12-13)
(Continuará)

martes, 21 de octubre de 2014

No hay confusión cuando todo está claro (P. Alfonso Gálvez)


Como colofón de los acontecimientos que últimamente están sacudiendo a la Iglesia, y por si aún fuera poco, el borrador provisional de las conclusiones de las primeras deliberaciones del Sínodo de la Familia, ha servido de detonante para provocar una conmoción en el mundo católico.

Y tal como sucede cuando se trata de analizar las situaciones difíciles —y más aún cuando se pretende encontrar soluciones—, lo primero que se impone es el uso de la serenidad de juicio. En casos semejantes, el nerviosismo y los sentimientos precipitados son malos consejeros. En éste concretamente, y puesto que se trata de algo tan grave como la situación de la Iglesia y la salvación de las almas, es necesario además echar mano de la Fe, como única garantía de alcanzar la solución adecuada. La cual siempre es clara y siempre está ahí, al alcance de quienes quieran aprovecharse de ella. De ahí el título de este artículo, tal como ahora vamos a tratar de justificarlo.


En atención a la claridad de la exposición, vamos a intentar poner un poco de orden entre la multiforme diversidad del mundo católico de hoy. Hay muchas clases de católicos (creyentes practicantes, creyentes no practicantes, indiferentes o despreocupados, verdaderamente preocupados, tradicionalistas, neocatólicos, progresistas, miembros de reconocidas y poderosas Organizaciones, afiliados a Movimientos carismáticos o Neocatecumenales, etc, etc.), aunque aquí los vamos a reducir a dos grandes grupos: los preocupados por su Iglesia, y aquellos otros que, aunque se llaman o se consideran católicos, les importa un comino lo que suceda en Ella. Con ello conseguiremos dos importantes objetivos: el de fijar con claridad nuestra exposición…, y el de evitar volvernos locos.

Consideremos en primer lugar el grupo más numeroso. El cual, como todo el mundo ya habrá adivinado, es el de los indiferentes. Grupo por lo demás extremadamente curioso, dado que la Humanidad lleva ya siglos mofándose del avestruz (injustamente por cierto, puesto que este animal no hace lo que le atribuyen) por aquello de la teoría del avestruz, por la que todo el mundo anda convencido de que el ave esconde la cabeza cuando ve llegar al cazador, creyendo que de ese modo conjura el peligro. Cuando lo gracioso del caso es que eso es precisamente lo que hacen hoy tantos millones de católicos: mirar para otro lado y aquí no pasa nada.

Sin embargo, también para este grupo —y especialmente para él— vale lo dicho arriba de que todo está claro. Para lo cual, trataremos de explicarnos:

En el Cristianismo (y aquí quedan comprendidos todos los bautizados) no existe la actitud de la indiferencia ante la Fe. O se cree o no se cree. Bajo ningún concepto es admitida la opción de lo que algunos llamarían una vía intermedia o un tertium quid. No hay sino dos únicas salidas: la de la Salvación y la de la Condenación. Y ambas para toda la Eternidad.

Acerca de quién lo haya establecido así, o de quién lo haya afirmado sin posibilidad alguna de ser contradecido…, es nada menos que el mismísimo Jesucristo. No ha sido ningún Papa o Cardenal, ni ningún teólogo famoso, ni filósofo alguno por más que haya sido esclarecido, proclamado y trompeteado. Ha sido Jesucristo, y precisamente Él, quien dijo de Sí mismo que sus palabras no pasarían jamás:

Quien no está conmigo, está contra Mí. Y quien no recoge conmigo, desparrama (Mt 12:30; Lc 11:23).

Claro que siempre existe la posibilidad de no creer, o no hacer caso de tales palabras. Cada cual es libre de apostar por lo que quiera, aunque no estaría de más darse cuenta de lo que está en juego. El Infierno está lleno de infelices que lamentarán para siempre haber sido malos apostadores.

Aquí no vale la indiferencia ni el yo no sabía. Quien no se preocupa de lo que está sucediendo en la Iglesia, posee todos los indicios de estar predestinado a la condenación eterna.

Y ahora vamos brevemente a los del primer grupo: los preocupados por su Iglesia, de los cuales muchos se sienten confundidos, escandalizados, y sin saber qué hacer si acaso las cosas siguen así (o incluso llegan a más, como es bastante probable).

A lo que habría que decir que no hay motivo alguno para sentirse confundidos. Y ni siquiera desorientados ante posibles graves decisiones a tomar, acerca de las cuales es mejor ni siquiera hablar. Pues también aquí las cosas están extremadamente claras:

Ante la gravedad de la situación, algunos han intentado sin éxito concluir que Papa Francisco no es verdadero Papa, puesto que el procedimiento de elección no fue legítimo o al menos no estuvo claro. De lo que han concluido en excentricidades como la del sedevacantismo y demás. Sin embargo está suficientemente claro que el Pontífice actual fue legítima y válidamente elegido, por lo que no caben dudas al respecto. No hay sedevacantismo.

Sin embargo, si la situación llegara a configurarse de tal manera como para ser calificada de especialísima gravedad, hasta el punto de que pudiera considerarse la obligación de declarar al Papa como ilegítimo, tal cosa sólo sería posible en el caso de que el Pontífice incurriera en formal, clara y flagrante herejía. Puesto que cualquier hereje, sea quien sea, queda ipso facto excluido de la Iglesia. Y por lo que hace al Papa, perdería automáticamente toda su jurisdicción. Así pues, sólo en el caso de herejía o de voluntaria renuncia podría un Papa legítimo dejar de ser Papa.

Por supuesto que tal declaración de herejía no sería cosa fácil. Y ningún católico, o grupo particular de católicos, podría declararla por su cuenta. Yo no estoy cualificado para determinar las condiciones que serían necesarias para ello. Pero todo el mundo sabe que el Espíritu Santo vela por su Iglesia y que, en caso de necesidad, es seguro que dispondría de manera que las cosas quedaran suficientemente claras.

Y nadie debe hacerse ilusiones en cuanto a una feliz reposición del Papa Emérito Benedicto XVI. Pues no hay tal Emérito desde el momento en que no hay tal Papa. En la Iglesia no pueden existir dos Papas simultáneamente, lo que supondría atentar contra su misma Constitución, tal como fue dispuesta por su divino Fundador. Benedicto XVI dejó de ser Papa desde el momento en que, libre y voluntariamente (según él mismo expresó), firmó su renuncia. Y no deja de ser penoso y lamentable que persona tan respetable, como quien fue el Papa Benedicto XVI, se preste ahora con su ambiguo comportamiento a engendrar nuevas confusiones entre los fieles.

Pero, y aquí está el punto práctico y verdaderamente importante: ¿Qué hacer en el entretanto, si acaso se quisiera imponer a los católicos amantes de su Fe doctrinas claramente contrarias a ella? La respuesta está clara y ya fue dada con bastante antelación. Hela aquí:

Me sorprende que hayáis abandonado tan pronto al que os llamó por la gracia de Cristo para seguir otro evangelio. Aunque no es que haya otro, sino que hay algunos que os inquietan y quieren cambiar el Evangelio de Cristo. Pero aunque nosotros mismos o un ángel del cielo os anunciásemos un evangelio diferente del que os hemos predicado, ¡sea anatema! Y como os lo que acabamos de decir, ahora os lo repito: si alguno os anuncia un evangelio diferente del que habéis recibido, ¡sea anatema!

Hasta aquí, San Pablo a los Gálatas (1: 6–9). Pero por si alguien conserva todavía alguna duda, oigamos ahora al Evangelista San Juan:

Todo el que se sale de la doctrina de Cristo, y no permanece en ella, no posee a Dios. Quien permanece en la doctrina, ése posee al Padre y al Hijo. Si alguno viene a vosotros y no transmite esta doctrina no le recibáis en casa ni le saludéis; pues quien le saluda se hace cómplice de sus malas obras. (Segunda Carta, 9–11).

Y creo que después de esto, nada queda por añadir sino la necesidad de que todo católico, ante la presente situación, se encomiende con confianza a la protección de la Virgen María. En la seguridad de que esa confianza no puede fallar.

Por último, como consigna definitiva que lo resume todo, repitamos lo que solía decir Jesucristo: Quien pueda entender, que entienda.

Padre Alfonso Gálvez

lunes, 20 de octubre de 2014

Pecado y Ley natural desaparecen de un plumazo

El presente artículo es un resumen o extracto de un artículo de Roberto de Mattei, usando prácticamente sus mismas palabras, y resaltando aquellas frases de su artículo que más me ha llamado la atención. El titulo de dicho artículo es "Resistir a la tendencia herética. La Relatio de Erdö borra de golpe el pecado y la ley natural". Puede leerse completo pinchando aquí.

La Relatio post disceptationem redactada por el Cardenal Erdö resume la primera semana de trabajo del Sínodo y lo orienta con sus conclusiones. Con la relación presentada por el Cardenal Péter Erdö el 13 de octubre de 2014 en el Sínodo sobre la familia, la revolución sexual irrumpe oficialmente en la Iglesia, con consecuencias devastadoras en las almas y en la sociedad. Queda borrado el sentido del pecado, abolidas las nociones de bien y de mal, suprimida la ley natural; y archivada toda referencia positiva a los valores, como la virginidad y la castidad


Se afirma, además, un nuevo asombroso principio moral, la “ley de gradualidad”, que permite captar elementos positivos en todas las situaciones hasta ahora definidas por la Iglesia como pecaminosas. El mal y el pecado no existen en cuanto tales. Existen sólo “formas imperfectas de bien” (n.º 18). “Se hace, por lo tanto, necesario un discernimiento espiritual, acerca de las convivencias y de los matrimonios civiles y los divorciados vueltos a casar, compete a la Iglesia reconocer estas semillas del Verbo dispersas más allá de sus confines visibles y sacramentales.” (n.º 20).

El problema de los divorciados vueltos a casar es el pretexto para que pase un principio que echa por tierra dos mil años de moral y de fe católica. Cae todo tipo de condena moral, porque cualquier pecado constituye una forma imperfecta de bien, un modo incompleto de participar en la vida de la Iglesia. Se dice: “Una sensibilidad nueva de la pastoral actual consiste en acoger la realidad positiva de los matrimonios civiles y, reconociendo las debidas diferencias, entre las convivencias” (n.º 36). Se da la vuelta a la doctrina de la Iglesia según la cual la estabilización del pecado, a través del matrimonio civil, constituye un pecado, aún más grave que la unión sexual ocasional y pasajera, porque esta última permite volver más fácilmente a la recta vía.

La nueva pastoral impone no hablar sobre el mal, renunciando a la conversión del pecador y aceptando su statu quo como irreversible. Según ellos ésas son "opciones pastorales valientes” (n.º 40). Parece, por lo visto, que la valentía no está en oponerse al mal, sino en adecuarse a él.

Las palabras fulminantes de San Pablo, según el cual “ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los sodomitas, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los maldicientes, ni los rapaces poseerán el reino de Dios” (1 Cor 6, 9) pierden sentido para los malabaristas de la nueva moral. Es necesario sustituir la “moral de la prohibición” con la de la misericordia y del diálogo, según la nueva fórmula pastoral en la que “nada se puede condenar”.

Todo este proceso comienza en octubre de 2013, cuando el Papa Francisco, tras haber anunciado la convocación de dos Sínodos sobre la familia, el ordinario y el extraordinario, promueve un “Cuestionario” dirigido a los obispos de todo el mundo. Los sondeos atribuyen a la mayor parte de las personas opiniones anteriormente predeterminadas por los manipuladores del consenso. El cuestionario querido por el Papa Francisco ha abordado los temas más candentes, desde la contracepción a la comunión a los divorciados, de las parejas de hecho a los matrimonios entre homosexuales.

La primera respuesta publicada, el 3 de febrero, fue la de la Conferencia Episcopal alemana (“Il Regno Documenti”, 5 (2014), pp. 162-172). "Las respuestas que las diócesis han enviado dejan entrever cuán grande es la distancia entre los bautizados y la doctrina oficial, sobre todo en lo que concierne la convivencia prematrimonial, el control de la natalidad y la homosexualidad” (p. 172).

Pero esta distancia no se presenta como si fuera, como lo es, un alejamiento de los católicos del Magisterio de la Iglesia, sino como una incapacidad de la Iglesia para comprender y secundar el curso de los tiempos. En su relación al Consistorio del 20 de febrero, el Cardenal Kasper definirá tal distancia como un “abismo”, que la Iglesia tendría que haber colmado, adecuándose a la praxis de la inmoralidad.

Por otra partes, si es verdad que el Papa ha querido que el debate se desarrollase de manera transparente, entonces no se comprende la decisión de mantener tanto el Consistorio extraordinario de febrero como el Sínodo de octubre a puertas cerradas. El único texto que se llegó a conocer, gracias al periódico “Il Foglio”, fue la relación del cardenal Kasper. 

Los vaticanistas más atentos, como Sandro Magister y Marco Tosatti, han subrayado cómo, a diferencia de los anteriores, en este Sínodo se ha prohibido a los padres sinodales intervenir.
Magister ha hablado de un “desdoblamiento entre sínodo real y sínodo virtual, este último construido por los medios de comunicación con la sistemática enfatización de las cosas más queridas por el espíritu del tiempo”. Pero hoy son los mismos textos del Sínodo los que se imponen con su fuerza demoledora, sin posibilidad de tergiversación por parte de los medios, que hasta han manifestado su sorpresa por la potencia explosiva de la Relatio del Cardenal Erdö. Por supuesto que este documento no tiene ningún valor magisterial. Además es lícito dudar de que refleje el pensamiento real de los padres sinodales, pero la Relatio prefigura aquello en lo que va a consistir la Relatio Synodi, el documento conclusivo de la asamblea de los obispos.

En una entrevista con Alessandro Gnocchi publicada en “Il Foglio” del 14 de octubre, el Cardenal Burke afirma que eventuales cambios de la doctrina o de la praxis de la Iglesia por parte del Papa serían inaceptables, “porque el Pontífice es el Vicario de Cristo en la tierra y por lo tanto el primer siervo de la verdad de la fe. Conociendo la enseñanza de Cristo, no veo cómo se pueda desviarse de esa enseñanza con una declaración doctrinal o con una praxis pastoral que ignoren la verdad”

Los obispos y cardenales, y más aún los simples fieles, se encuentran ante un terrible drama de conciencia, más grave que aquel con el que tuvieron que enfrentarse en el siglo XVI los mártires ingleses. Entonces se trataba de desobedecer a la suprema autoridad civil, el rey Enrique VIII, que por un divorcio abrió el cisma con la Iglesia romana, mientras que hoy día la resistencia debe oponerse a la suprema autoridad religiosa en el caso de que se desviara de la enseñanza perenne de la Iglesia.

Y quienes están llamados a desobedecer son precisamente los que más profundamente veneran la institución del Papado. El brazo secular contemporáneo encargado de aplicar la lapidación moral a estos cristianos disidentes está a cargo de los medios de comunicación de masas, que tienen un gran poder, debido a la presión psicológica que ejercen sobre la opinión pública.

El resultado es, muy a menudo, la quiebra psicofísica de las víctimas, la crisis de identidad, así como la pérdida de la vocación y de la fe ... a menos que seamos capaces de ejercitar, con la ayuda de la gracia, la virtud heroica de la fortaleza. Resistir significa, en último término, reafirmar la coherencia integral de la propia vida con la Verdad inmutable, que es Jesucristo.

Roberto de Mattei

domingo, 19 de octubre de 2014

Sínodo y Presencia real de Cristo en la Eucaristía

video

Este vídeo del padre Santiago Martín dura 16:25 minutos. Merece la pena escucharlo. Hace referencia al Sínodo Extraordinario de la Familia. 

A mi entender, lo más importante es caer en la cuenta de la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía. ¿Se cree esto? Se trata de una verdad de fe. Y también es de fe que no se puede comulgar en estado de pecado mortal, pues se añadiría, además, un nuevo pecado grave, el de sacrilegio, a los pecados que ya se tienen.

Dice san Pablo unas palabras que, como forman parte de la Sagrada Escritura, son palabra de Dios; su autor es, por lo tanto, el Espíritu Santo: "Quien coma el pan o beba el cáliz del Señor indignamente, será reo del cuerpo y de la sangre del Señor. Examínese, por tanto, cada uno a sí mismo, y entonces coma del pan y beba del cáliz; porque el que come y bebe sin discernir el Cuerpo, come y bebe su propia condenación" (1 Cor 11, 27-29)

Misericordia y salvación (3)

En el evangelio de san Juan, en el capítulo 8, versículos del 3 al 13, se cuenta el episodio de la mujer adúltera:

"Los escribas y fariseos le llevaron una mujer sorprendida en adulterio y, poniéndola en medio, le dijeron: "Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. Moisés, en la Ley, nos mandó lapidar a éstas. Tú, ¿qué dices?". Esto lo decían para tentarle y tener de qué acusarle. Pero Jesús, inclinándose, se puso a escribir con el dedo en la tierra. Pero como ellos insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo: "Aquél de vosotros que esté sin pecado, arrójele la piedra el primero". E inclinándose de nuevo, continuó escribiendo en la tierra. Al oír estas palabras, se fueron marchando uno tras otro, comenzando por los más ancianos, y se quedó solo con la mujer, que estaba delante. Entonces Jesús se incorporó y le dijo: "Mujer, ¿dónde están? ¿Ninguno te ha condenado?. Ella contestó: "Ninguno, Señor". Jesús le dijo: "Tampoco Yo te condeno. Vete y no peques más" .


La misericordia del Señor es infinitamente mayor que la que puedan tener todos los Padres sinodales juntos, Papa incluido; pero, a diferencia de ellos, Jesús conjuga la misericordia y la verdad, que no deben contradecirse nunca. Ambas deben de darse: Jesús no condena a la mujer y la perdona (misericordia) pero reconoce -y así se lo hace ver a la mujer- que ha obrado mal (verdad). Por eso, al despedirla, le dice: "Vete y no peques más". (Jn 8, 13). Jesús ama al pecador, pero odia el pecado. 


El pecado nunca tiene justificación. Todos somos pecadores. El problema del mundo actual, entre otros, es que se ha perdido el sentido del pecado. Sin embargo, "si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos y la verdad no está en nosotros. Si confesamos nuestros pecados, fiel y justo es Él para perdonar nuestros pecados y purificarnos de toda injusticia" (1 Jn 1, 9-10). 



Siendo Dios misericordioso, como lo es, hay, sin embargo, pecados que no se pueden perdonar: "Al que hable contra el Espíritu Santo no se le perdonará ni en este mundo ni en el venidero" (Mt 12, 32). ¿Qué significa un pecado contra el Espíritu Santo? El Espíritu Santo es el Amor que se profesan el Padre y el Hijo mutuamente. Es, por así decirlo, el corazón mismo de Dios, pues todo Dios es Amor. Una nota esencial del amor es la reciprocidad. Deben darse ambas cosas: amar al otro y ser amado por él, en un mutuo intercambio de amor. 


Estamos hablando ahora del amor divino-humano. Toda falta de amor es, realmente, un pecado, aunque no todo pecado es grave. En realidad, el pecado es siempre una ofensa a Dios, es decir, un rechazo de su Amor, bien sea directamente, si no queremos saber nada con Él y negamos incluso su existencia o le combatimos. O bien, de modo indirecto, haciendo daño a aquellos que Él ama, es decir, ofendiendo a otras personas, pues por todos dio Dios su vida 


Todo pecado lleva a la muerte. Pero Dios está siempre deseoso de perdonarnos porque nos ama y quiere tenernos siempre a su lado: "Dios no quiere la muerte del pecador sino que se convierta y viva" (Ez 18, 32).  Ahora bien: es preciso que nos arrepintamos sinceramente de nuestra ofensa a Dios, con la seguridad y la confianza en que "Él es rico en misericordia" (Ef 2, 4) y nos va a perdonar y no va a tener en cuenta nuestros pecados, por grandes que éstos sean, pues "la caridad cubre la multitud de los pecados" (1 Pet 4, 8).  


El problema gordo surge cuando rechazamos incluso la idea de pecado, porque hemos decidido que el pecado no existe. Nadie nos puede decir lo que está bien y lo que está mal. Nos convertimos en una especie de "dioses" de nosotros mismos. Ya no es Dios el que decide, sino que somos nosotros. ¿Cómo arrepentirnos de un pecado que decimos no tener? Éste es el pecado de soberbia. Éste es el pecado contra el Espíritu Santo, pues se opone directamente al Amor de Dios y su Supremacía sobre todo lo creado. Éste es el "pecado que no se le perdonará ni en este mundo ni en el venidero" (Mt 12, 32). Ese fue el pecado de Luzbel, que se transformó en Lucifer.


El soberbio no admite ser corregido por nadie. Es su propia "conciencia" lo único que cuenta. No existen verdades absolutas. Cada uno se fabrica su propia "verdad". Ante esta situación, mantenida en el tiempo, a lo largo de toda nuestra existencia, no permitiendo ser ayudados por nadie, pues nadie nos puede juzgar (y Dios menos que nadie, puesto que hemos decidido que no existe) ... Digo, cuando esto sucede... ¡y sucede cada día con mayor frecuencia!, la omnipotencia de Dios se hace débil y nuestra salvación se hace imposible. ¡Es tanto el respeto de Dios por nuestra libertad que jamás nos forzará a que lo amemos! Pero si no lo amamos, ¿cómo podremos estar con Él? ¿Cómo podremos salvarnos? Metafísicamente hablando sería imposible. 


Queda muy claro, desde luego, que los pensamientos de Dios no son los de los hombres ... con la particularidad de que los nuestros no siempre se adecúan a la realidad, mientras que Él nunca se equivoca. Nadie jamás ha podido decir de Sí mismo aquello que dijo Jesús: "Yo soy la Verdad" (Jn 14, 6). Si cayéramos en la cuenta de que Dios nos quiere con locura y desea nuestro bien más que nosotros mismos, si amáramos la verdad y sacudiéramos de nosotros la mentira que nos esclaviza, entonces, con la ayuda de Dios, que no nos faltará, seríamos libres y capaces de responder a Dios con ese "sí" que Él tanto está deseando de oír, aunque sea sin palabras ... sólo con el corazón. No se necesita nada más.


Necesitamos de la Verdad, es decir, de Jesucristo, más que del aire para respirar. Necesitamos acudir siempre a las fuentes, a la Sagrada Escritura y a la Tradición de la Iglesia para no caer en el pecado de soberbia, queriendo fabricar un dios a nuestra medida, un dios sólo para este mundo y con unas reglas conforme a este mundo. 


Hoy saldrán los resultados del Sínodo Extraordinario sobre la familia. Lo que salga del Sínodo nunca podrá contradecir la enseñanza de la Iglesia de siempre, y ésta es muy clara:  "Todo el que repudia a su mujer, y se casa con otra, adultera; y el que se casa con la repudiada de su marido, adultera" (Lc 16,18). 


Pero si, por un casual, eso ocurriera, y Dios lo permitiera todo fiel católico debe de tener muy claro que el dogma no puede ser alterado, ni siquiera por el Papa, aunque se aduzcan para ello  "razones pastorales". La pastoral nunca puede contradecir a la doctrina. Decía el cardenal Kasper que no pretende cambiar sino profundizar en la verdad. Todo eso está muy bien, pero ... si la profundización supone llegar a conclusiones que se oponen a lo que la Iglesia ha enseñado durante siglos, no se trataría de una profundización sino de un cambio. No se puede jugar con las palabras y hacernos pasar gato por liebre ... ¡y menos en un caso tan grave como éste al que estamos asistiendo!


La Iglesia, siguiendo las instrucciones de su Maestro, siempre ha ejercido la misericordia con los pecadores. Todos somos pecadores. Pero al mismo tiempo, ha luchado con dureza contra el pecado que tanto daño hace a las personas y que es la verdadera causa de todos los males que existen en el mundo, misterio de iniquidad que hizo necesario que el mismo Dios se hiciera hombre para poder vencerlo mediante otro misterio, aún mayor, cual es el misterio del Amor de Dios por nosotros, de manera que "donde abundó el pecado sobreabundó la gracia" (Rom 5, 20).


No es la Iglesia la que debe acomodarse al mundo, sino que es el mundo el que debe cambiar su mentalidad, si quiere progresar de un modo efectivo; un progreso que tendrá lugar en la medida en que la gente conozca a Jesucristo como a su Dios y a su amigo que es (ambas cosas) y no olvide que el mensaje de Jesucristo es siempre actual: "Jesucristo es el mismo ayer y hoy y lo será siempre" (Heb 13,8)

(Continuará)

sábado, 18 de octubre de 2014

El gran problema: la pérdida de la fe (1)

El problema mayor con el que hoy nos encontramos es la falta de fe. "Ahora bien, sin fe es imposible agradar a Dios, pues es preciso que quien se acerca a Dios crea que existe" (Heb 11, 6).  


Se trata de un grave problema que -hay que decirlo- está afectando también -y de modo preocupante- a la propia Iglesia Católica en sus más altas Jerarquías: "En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y los fariseos. Haced y cumplid todo lo que os digan; pero no hagáis como ellos, pues dicen y no hacen" (Mt 23, 2-3). Estas palabras que pronunció Jesús en su tiempo adquieren hoy un mayor relieve y dificultad ... porque la raíz del problema ahora se encuentra precisamente en lo que nos dicen algunos de nuestros Jerarcas


Muchos de ellos ya no hablan la palabra de Dios, sino palabras que son inventos de hombres. Hablan aquello que al mundo le agrada. Esto es algo que siempre ha ocurrido, pero hoy en día está adquiriendo unas proporciones inconmensurables, a nivel mundial, auspiciado, en gran parte, por el enorme poder que ejercen sobre las personas los medios de comunicación de masas: "Vendrá un tiempo -dice san Pablo- en que los hombres no soportarán la doctrina sana, sino que, dejándose llevar de sus caprichos, reunirán en torno a sí maestros que halaguen sus oídos, y se apartarán de la verdad volviéndose a las fábulas" (2 Tim 4, 34)


Actualmente, en el seno de la Iglesia, hay demasiados "maestros" [en la propia Curia] cuyo oficio parece ser el de complacer al mundo, enviando a todos (creyentes y no creyentes) un mensaje de "misericordia", pero de una misericordia mal entendida, que no es la misericordia cristiana, la que practicó Jesucristo, traicionando así la fe y la doctrina que han recibido, de parte de Dios, y confundiendo al pueblo cristiano. Las razones pueden ser variadas: se habla de un mayor acercamiento a todas las personas y de una mayor comprensión y misericordia para con todos. El problema radica en que el modo en el que se está haciendo, al que se ha dado en llamar "pastoral", se da de bruces con la Verdad Revelada por Jesucristo y transmitida por los apóstoles, los santos Padres y la Tradición de toda la Iglesia durante dos mil años. 


Sería conveniente hacerles ver a estas personas que la Iglesia no comenzó hace cincuenta años, a partir del Concilio Vaticano II: Ni este Concilio [con todo lo bueno que tiene, indudablemente; aunque hay algunos puntos de doctrina dudosa] es el único que ha tenido la Iglesia en su larga Historia [aunque es el primero que se ha definido a sí mismo como pastoral, de modo que nada de lo contenido en él está escrito en la forma "ex cathedra"; tampoco intencionalmente por parte de ningún Papa posterior se ha producido tal evento. Todos los demás concilios sí han sido dogmáticos; con intención de obligar; no así este último]  ni puede ser tampoco la única referencia que se tome siempre. No es el "espíritu del Concilio" [refiriéndose siempre al Concilio Vaticano II] lo que debe contar sino el "Espíritu de Jesucristo", o sea, el Espíritu Santo: en los Concilios anteriores se han establecido dogmas y verdades de fe, que son inmutables. Ningún Concilio posterior puede anular lo establecido como dogma de fe por un Concilio previo. Y los dogmas de fe no evolucionan con los tiempos. Por cierto, todo el mundo sabe que dicho Concilio, en su ceremonia de apertura por el papa Juan XXIII, fue declarado como meramente "pastoral": en él no se iba a tocar para nada la doctrina de la Iglesia ni se iban a definir nuevos dogmas. 

La Religión Católica está ya inventada y ha producido grandes frutos a lo largo de la Historia de la humanidad (pese a los errores humanos de aquéllos que, llamándose católicos, no han actuado conforme a su fe). En cuanto al fundamento "nadie puede poner otro cimiento distinto del que está puesto, que es Jesucristo" (1 Cor 3, 11). Y es una base inconmovible: "La piedra que desecharon los constructores ésta ha llegado a ser la piedra angular. Todo el que caiga sobre esa piedra se estrellará, y a aquél sobre quien ella caiga, lo aplastará" (Lc 20, 17). 

La gente no acaba de darse cuenta de lo importante que es tener las ideas claras, en este sentido, porque cuando se habla de Jesucristo, aunque es verdad que se está hablando de un hombre como nosotros, pues era verdaderamente hombre, se olvida de que es también verdaderamente Dios, Aquel "por quien todo fue hecho" (Jn 1, 10). Ciertamente, murió por nosotros, para hacer posible nuestra salvación [si queríamos realmente ser salvados y poníamos, para ello, los medios adecuados]. Pero no se quedó en el sepulcro, sino que resucitó, por Sí mismo, al tercer día de ser sepultado, apareciéndose a sus apóstoles y a muchos discípulos, durante cuarenta días después de su resurrección, enseñándoles y haciéndoles entender muchas cosas que antes no podían comprender. Esto sólo Dios puede hacerlo. 


Por eso Jesucristo es Dios y, con su venida a este mundo, nos ha hecho ver cómo es Dios, en realidad; ese Dios que esperaban los israelitas, al que Moisés les anunció que su Nombre era "Yo soy" (Ex 3, 14) y también "el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob" (Ex 3, 15). Gracias a Jesucristo hemos descubierto que ese Dios, que es Único, es también tri-Personal. Tremendo misterio éste de la Santísima Trinidad, que es un misterio de Amor: Dios es Amor, en Sí mismo. Y, libremente, porque quiso, se hizo hombre en la Persona del Hijo, para enseñarnos a amar y hacer así posible que nosotros pudiéramos también amarle a Él del mismo modo en que Él nos ama. Algo que sólo es posible "por Cristo, con Él y en Él", en íntima unión gracias al Espíritu Santo que nos ha dado. 

Se trata de un don completamente gratuito e inmerecido por nuestra parte. Pero de un Don real. En el Hijo, en Jesucristo, unidos a Él por su Espíritu, el Espíritu Santo, no sólo nos llamamos hijos de Dios, sino que realmente lo somos; somos hechos partícipes -en Jesucristo- de la misma naturaleza divina. A eso estamos llamados.  Sólo Jesús es Hijo por naturaleza; pero nosotros también lo somos, aunque por participación

Así es Dios. Tal es el Amor que Dios nos tiene. No existe mente humana capaz de imaginar un misterio tan grande. Misterio de Amor, en Sí mismo; pero ese Amor se manifestó también entre nosotros en el hecho de que "Dios envió a su Hijo Unigénito al mundo para que recibiéramos por Él la Vida" (1 Jn 4, 9). Dice san Juan que "nos amó y envió a su Hijo como víctima propiciatoria por nuestros pecados" ( 1 Jn 4, 10). Al leer estas palabras es imposible no hacerse ninguna pregunta acerca del significado del pecado, porque también el pecado es un misterio, un "misterio de iniquidad" (2 Tes 2, 7), como le llama san Pablo.

Todas estas cosas las conocemos gracias a Jesucristo. Él nos ha enseñado aquello en lo que consiste el verdadero amor, el amor tal y como Dios lo entiende, que es el único modo de entenderlo tal y como es, un amor que consiste en la entrega de la propia vida a la persona amada: "Nadie tiene amor más grande que el de dar uno la vida por sus amigos" (Jn 15, 13). 

La divinidad de Jesucristo es el fundamento de nuestra fe, hasta el punto de que, en palabras de san Pablo, "si Cristo no resucitó, vana es nuestra predicación y vana también nuestra fe" (1 Cor 15, 14), y  "si sólo para esta vida tenemos puesta la esperanza en Cristo, somos los más desgraciados de todos los hombres" (1 Cor 15, 19). "Pero no- continúa san Pablo- Cristo ha resucitado de entre los muertos como primicia de los que durmieron" (1 Cor 15, 20). ¿Cuántos creen hoy en Jesucristo como Dios verdadero?

Como Cristo resucitó también nosotros resucitaremos. La muerte es una "dormición" y no un acabamiento: "La muerte ha sido absorbida en la victoria" (1 Cor 15, 54a) [...] "Gracias a Dios, que nos ha dado la victoria por nuestro Señor Jesucristo" (1 Cor 15, 57). La muerte es sólo el término y la meta de un camino que todos debemos recorrer, que es nuestra vida terrena, en la que somos peregrinos; y si somos verdaderamente fieles y nos mantenemos en la fe, podremos luego oír, de boca del mismo Jesús: "Bien, siervo bueno y fiel; has sido fiel en lo poco; Yo te confiaré lo mucho: entra en el gozo de tu Señor" (Mt 25, 23). 

(Continuará)

jueves, 16 de octubre de 2014

Un Obispo en Solitario (por el padre Alfonso Gálvez)

 El hecho de que un Obispo se atreva nada menos que a defender la Fe y se quede solo, sin nadie que le siga ni le defienda, es cosa ya vieja en la Iglesia. Y no ya que se quede solo, sino que además sea perseguido con saña hasta el exterminio, si fuera posible. La cosa incluso parece que ya se ha hecho tradición en la Iglesia. Desde San Atanasio, en el siglo IV, Obispo de Alejandría y campeón invencible en la lucha contra la herejía arriana, que sin embargo fue llevado a prisión y expulsado hasta cinco veces de su Sede, hasta hoy, la historia se repite.
En nuestros recientes tiempos, todo el mundo conoce el caso de Mons. Rogelio Livieres, Obispo de Ciudad del Este y cuya trayectoria y ejercicio de su Ministerio no vamos a especificar aquí por ser demasiado conocidos. La Conferencia Episcopal del Paraguay fue precisamente el dedo acusador del infeliz Prelado (la vida y milagros de los componentes de la tal Conferencia también son conocidos), señalándolo poco menos que como delincuente.
Con todo, hay algo en este asunto que aún llama más la atención. El Gobierno de la Prelatura del Opus Dei (el Obispo pertenece al Opus Dei) se apresuró a tomar distancias sobre la postura y las declaraciones del Obispo. Las cuales habían consistido en proclamar su actitud de obediencia y exhortar a sus seminaristas a que fueran fieles a la Tradición y se mantuvieran también en esa misma línea de obediencia.
 No podemos saber lo que pensaría el Fundador de la Obra si la contemplara tal como está en estos momentos..., pero podemos suponerlo. Algo que nació bajo tan felices auspicios, hasta el punto de suscitar el entusiasmo de Pío XII, ha descendido ahora a tal situación de servilismo y acercamiento a las Nuevas Doctrinas, que bien podría ser calificada como lastimosa y lamentable. En el mismo sentido, igualmente parece penosa la actitud del Cardenal Cipriani, Arzobispo de Lima y también miembro del Opus Dei. El cual, ante el terremoto recientemente suscitado en la Iglesia por los últimos resultados del Sínodo de la Familia, ante los que tan valientemente han protestado algunos Cardenales, Cipriani, sin embargo, bien conocido por su espíritu conservador y de fidelidad a la Iglesia, está manteniendo un pudoroso silencio. No tendría nada de particular que algunos pensaran que el Cardenal temiera que el Gobierno del Opus Dei también tomara distancias respecto a él; aunque es de esperar que no sea así, a fin de que muchos no tengamos que rectificar el buen juicio que hasta ahora manteníamos con respecto a su persona.
Y con esto llegamos al caso del Obispo de Alcalá, en España. Un gran Obispo, de quien me precio haberlo conocido personalmente y de quien puedo dar fe, por lo tanto, de su fidelidad a la Iglesia y de su grandeza de espíritu.
Pero ha cometido nada menos que el terrible delito de condenar el aborto como lo que es: crimen nefando, abominable ante Dios, condenado por la Iglesia y por cualquier hombre de buena voluntad..., e incluso pingüe negocio para muchos aprovechados. Con lo cual han ocurrido las dos cosas que eran de esperar:
La primera, que toda la jauría de defensores del aborto (aquí una interminable lista) han salido a devorarlo. Acerca de lo cual hemos de reconocer que, al fin y al cabo, están en lo suyo.
La segunda es más extraordinaria todavía, aunque es de reconocer que incluso era todavía más de esperar y además conforme a las costumbres: el silencio más absoluto de la Conferencia Episcopal Española: ¿Acaso es que también están en lo suyo?
Cuando nacieron las Conferencias Episcopales, como uno de los productos del Concilio Vaticano II, muchos alarmistas ya dijeron que no iban a servir sino para coartar la legítima autonomía de los Obispos, fundamentada en la misma Constitución divina de la Iglesia. Parece que el tiempo les ha dado en gran parte la razón, además de que rara vez, o nunca, han emitido documento alguno que dijera algo que valiera la pena. En la Iglesia universal, los fieles hace tiempo que ya se acostumbraron a pasar de ellas.
 En el caso concreto de la Conferencia Episcopal Española, he oído decir a algunos que no podía esperarse de ella nada en favor del Obispo de Alcalá: sería decir algo, y contravenir por lo tanto el voto de silencio que parece haber pronunciado desde su creación. Algunos, más atrevidos, incluso llegan a decir que debe tenerse en cuenta que, de una manera o de otra, directa o indirectamente, la Conferencia ha apoyado siempre al Partido Popular actualmente en el Gobierno de España, y responsable directo del homicidio (asesinato) de miles de niños españoles que nunca han nacido ni que tampoco nacerán; precisamente en un país que ostenta uno de los índices más bajos de natalidad del mundo.
En la Iglesia actual ---la Iglesia de la Apostasía--- se ha hecho cosa corriente que Obispos y Cardenales hagan caso omiso de las Leyes Divinas. Parece que, entre su mala memoria y en que generalmente ignoran la Palabra de Dios contenida en las Escrituras, han olvidado la sentencia inapelable de San Pablo: No os llaméis a engaño; de Dios nadie se ríe (Ga 6:7).
Los españoles participan del estado general de dormición que hoy domina en el mundo occidental. No se dan cuenta de que España, que hace tiempo que olvidó su acendrado y tradicional cristianismo, no solamente está a punto de desaparecer como Nación, sino de desmoronarse por completo y quedar sumergida en la ruina. O en algo peor: esclavizada y en el más fétido de los basureros.


Nota: La carta pastoral completa de Monseñor Reig Pla, obispo de Alcalá de Henares puede leerse pinchando aquí.

martes, 14 de octubre de 2014

Misericordia y Salvación (2)

De donde se deduce que, aunque Dios, como ser infinito y todopoderoso, no tiene, en cuanto tal, necesidad de nosotros, sin embargo, ha querido tenerla. Y desde ese momento tal necesidad es real. Dios nos necesita, necesita de nuestra colaboración para realizar su obra y necesita de nuestra respuesta amorosa como condición necesaria para hacer posible nuestra salvación. Cierto, como hemos dicho, que es Dios quien nos salva, pero no menos cierto que tal salvación no será posible si no ponemos de nuestra parte. Porque no podemos quedarnos cruzados de brazos. Dios no lo hizo. Su Amor por nosotros le llevó a hacerse hombre en Jesucristo y a dar su Vida para hacer posible el que pudiéramos salvarnos. Y, sobre todo, el que pudiéramos amarle, porque "Amor con amor se paga".

En el Apocalipsis, que es Revelación de Jesucristo, entre las palabras que pone san Juan en su boca están las siguientes:  "Yo soy el que escudriña los corazones y las entrañas y os daré a cada uno según vuestras obras" (Ap 2, 23). Y en otro lugar de la Biblia se lee que "lo que el hombre siembre, eso mismo cosechará" (Gal 6, 7b)


Así, pues, Él nunca salvará a nadie que no quiera ser salvado. El que rechaza a Dios y quiere ocupar el puesto de Dios, dejándose llevar de la soberbia -que es el peor de los pecados- si se mantiene durante toda su vida en esa actitud y no se arrepiente, Dios, aunque quiera y aun siendo Omnipotente, por respeto a su libertad, no podrá salvarlo. 

La razón es relativamente fácil de entender ... y es que, habiéndonos creado libres, nos ha creado realmente libres (la libertad que Dios nos ha dado no es una palabra vacía de contenido, sino una realidad). El porqué lo ha hecho así es un misterio y, como tal, incomprensible para nuestra mente. Pero el hecho de que no lo acabemos de comprender no significa que sea falso. Más bien es lo contrario. Si yo fuese capaz de comprender a Dios, que es infinito, estaría, de alguna manera, limitando a Dios: Dios dejaría de ser infinito; estaría limitado por mí, por mi mente. O lo que es igual, Dios no sería Dios. El hecho de que no acabemos de comprender, de un modo completo, el Mensaje de Jesucristo es, precisamente, una de las señales más claras de su veracidad ... 

En Jesucristo se encuentra el culmen de la Revelación de Dios a los hombres: una sola Palabra dijo Dios y esta Palabra es su propio Hijo Unigénito, que se hizo hombre: Jesucristo. "Yo y el Padre somos uno" (Jn 10, 30). "Felipe, el que me ve a Mí, ve al Padre" (Jn 14, 9) -dice en otra ocasión y añade: "Creedme que Yo estoy en el Padre y el Padre en Mí; y si no, creed por las obras mismas" (Jn 14, 11). ¿Cuáles son estas obras? En realidad, de verdad, toda la vida de Jesucristo. Cuando los judíos le preguntaron a Jesús acerca de las obras de Dios, les respondió: "Ésta es la obra de Dios: que creáis en Aquél a quien Él ha enviado" (Jn 6,29).


Si la Vida y las obras de Jesús no avalaran sus Palabras, entonces todo aquello en lo que creemos los cristianos no dejaría de ser sino una falsedad. Esta Vida y estas obras de Jesús se encuentran en los Evangelios, cuya historicidad es indiscutible, a menos que se tenga mala voluntad. Cuando Juan el Bautista se encontraba encerrado  en la fortaleza de Maqueronte, antes de ser decapitado por Herodes, envió a dos de sus discípulos a Jesús para preguntarle: "¿Eres tú el que ha de venir o hemos de esperar a otro?" (Lc 7, 20). [Tal era la oscuridad en la que se encontraba Juan que, incluso a él, que era su precursor, le asaltaron las dudas. Esto hace aún más atractiva la figura de Juan el Bautista, pues estaba sometido a tentaciones, como todos los seres humanos]. "Y Jesús, en aquel momento curó a muchos de sus enfermedades y dolencias y malos espíritus y dio vista a muchos ciegos" (Lc 7, 21) . Y les respondió:  "Id y contad a Juan lo que habéis visto y oído: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los muertos resucitan y los pobres son evangelizados" (Lc 7, 22). Y añade: "Bienaventurado quien no se escandalice de Mí" (Lc 7, 23). 


En la primera carta de San Juan se puede leer: "Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplaron y palparon nuestras manos acerca de la Palabra de Vida [se está refiriendo a Jesucristo] (...) lo que hemos visto y oído os lo anunciamos también a vosotros" (1 Jn 1, 1-3).  Pero los hombres somos muy tozudos para creer lo que no comprendemos. Y esto no es de ahora



Fijémonos en el pasaje evangélico de San Juan que hace referencia a Jesucristo resucitado: "Tomás, uno de los Doce, el apodado Dídimo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Le dijeron los otros discípulos: '¡Hemos visto al Señor!'. Pero él les respondió: 'Si no veo en sus manos la señal de sus clavos, y no meto mi dedo en el lugar de los clavos, y no meto mi mano en su costado, no creeré" (Jn 20, 24-25). Posiblemente nosotros hubiéramos reaccionado de la misma manera ante un hecho tan extraordinario como éste. Ocho días más tarde se apareció Jesús, de nuevo, a sus discípulos, y Tomás estaba con ellos. Y le dijo: "Trae aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino fiel" (Jn 20, 27).  Y sólo entonces creyó: "Respondió Tomás: '¡Señor mío y Dios mío!. Y Jesús le dice: 'Porque me has visto has creído. Bienaventurados los que sin ver creyeron" (Jn 20, 28-29)

(Continuará)