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lunes, 26 de junio de 2017

El Diablo no duerme. Hay que actuar con rapidez (José Martí)


- Después de los disparates vertidos la víspera de Pentecostés ... (ya recogidos en este blog y comentados personalmente por mí ... disparates:
  1. Tanto por parte del Predicador Oficial de la Santa Sede, el padre Raniero Cantalamesa
  2. Como del propio Francisco en su homilía a los carismáticos (entrada que se ha dividido en tres, debido a ser excesivamente larga. Pinchar aquí, aquí y aquí)
... y recogiendo la información adecuada, uno se entera de una serie de eventos que el papa Francisco silencia y que son, sin embargo, muy preocupantes para el futuro de la Iglesia:

- Tenemos ejemplos muy recientes, de este mismo mes de junio (¡y son sólo una muestra!): 

  1. La entrevista concedida al periódico el Mundo por el Prepósito General de los jesuítas, Arturo Sosa, quien niega la existencia del diablo, (también aquí) entre otros muchos despropósitos.
  2. Otra entrevista a Vincenzo Paglia en la que éste defiende la deriva que ha tomado la Pontificia Academia para la vida, presidida por él. Pinchar aquí, aquí  y aquí. Se podría decir que la Academia Pontificia para la Vida deja de ser católica y pro-vida tras los nuevos nombramientos de Francisco
  3. La Diócesis Católica inglesa de Hallam dirigida por el obispo Ralph Heskett, anima a los católicos a arrodillarse ante ídolos paganos, en aras del ecumenismo. 
  4. Se celebra en Salamanca una liturgia luterano-católica
  5. El remate final, la misa celebrada en la parroquia de Santa Fe (Argentina) por el obispo Macín (nombrado como tal por Francisco en 2013), en la que se da la comunión a unas treinta parejas adúlteras, sin especificar que las tales parejas habían decidido vivir en castidad.

- Y no acabaríamos:
Luego nos encontramos con una otra serie de hechos que están ocurriendo y en los que casi nadie cae en la cuenta. Cito dos:

1. El Opus Dei, Prelatura Personal desde que nació,  admite y promueve la Amoris Laetitia (con el actual Vicario Auxiliar, el sacerdote Fernando Ocáriz) siendo así que ésta va en contra de la doctrina cristiana, al admitir la posibilidad de que se pueda estar en gracia, sin salir del estado de adulterio; y que, además, se pueda recibir también el sacramento de la Eucaristía en tal estado (pinchar aquí aquí ) 
2. No queda claro lo que ocurriría en el caso de que la FSSPX aceptara una Prelatura Personal para ser incluida de pleno en la Iglesia. Ya vemos lo que está ocurriendo con el Opus Dei. Al final, se acaba cayendo en la papolatría, aun cuando no se quiera reconocerLas opiniones sobre lo que ocurrirá con la FSSPX están divididas. El mismo Monseñor Schneider considera que sería bueno para la Iglesia y lo mismo el director de Adelante la Fe, Miguel Ángel Yáñez. Tal vez tengan razón. Pero dada la situación actual de confusión existente, la prudencia aconseja no precipitarse -yo al menos así lo pienso. Monseñor Fellay tiene que pensárselo muy bien, porque -y siempre según mi opinión personal- tal decisión (ahora mismo) supondría un mal para la Iglesia ... pues, además, en el seno de la FSSPX hay amplios sectores que no están de acuerdo con Monseñor Fellay en este punto. ¿Por qué? Pues porque el precio sería -así se manifestó el Prefecto para la Congregación de la Fe, el cardenal Müller- la aceptación de todo el Concilio Vaticano II, siendo así que éste tiene una impronta modernista. Y hay además muchos puntos que son más que discutibles desde una verdadera ortodoxia católica.  ( aquí y aquí)
Pero aún hay más: 
El Papa quiere saber dónde se encuentra cada Cardenal en cada momento. (Desde el 31 de mayo). Da la sensación de que quiere hacer un seguimiento de todos los cardenales para tenerlos controlados de manera que ninguno de ellos se pueda rebelar contra él. Insisto: da esa impresión. Sólo eso.
Luego nos enteramos de una misiva en la que los cardenales de las «dubia» pidieron una audiencia al Papa el 6 de mayo, en una carta fechada el 25 de abril. Una nueva carta que Francisco no ha respondido, igual que ocurrió con la anterior. De modo que estos cardenales se han visto en la obligación de hacer pública dicha carta (lo hicieron el 19 de junio de este año, hace una semana). Léase el interesante y bien documentado artículo de Sandro Magister, publicado el 20 de junio, en que hace referencia a ciertos hechos preocupantes transcurridos entre el 6 de mayo (cuando recibe la petición de audiencia) y el 19 de junio (cuando los cardenales hacen pública esta petición).
Es curioso todo esto porque Francisco habla de una cultura del encuentro. Y damos por supuesto que se presupone buena fe y un enorme interés de estos cuatro cardenales por el bien de la Iglesia. Sin embargo, el Papa no los recibe. Las Dubia le fueron planteadas el 19 de septiembre del pasado 2016, un día antes de que acabara el año de la Misericordia. De esto hace ya más de nueve meses. 
Esta noticia de Secretum Meum Mihi se encuentra ampliada en este mismo blog (pinchar aquí).

Como dice el padre Jorge Guadalix, las dubia suponen un callejón sin salida para el Papa, algo muy parecido a lo que yo escribí hace algún tiempo en este blog, en una entrada previa :

- Si contesta dando la razón a estos cardenales se pone en contra de la propia Amoris Laetitia, que él mismo ha firmado (aunque en su mayor parte la haya escrito Tucho Fernández) la cual tiene, además muchos cardenales que la apoyan, a los cuales pondría en su contra. Porque, además, teniendo en cuenta todos sus comentarios y afirmaciones en diversos lugares, está muy claro que él piensa conforme a lo que está escrito en la Amoris Laetitia, que viene a ser lo mismo que lo que dice Schönborn, el intérprete que él nombró para ello. Y viene a ser lo mismo que lo que dijo el 6 de noviembre, respondiendo al escrito de los cardenales de Buenos Aires del 5 de noviembre: "El escrito es muy bueno y explicita cabalmente el sentido del capítulo VIII de Amoris Laetitia. No hay otras interpretaciones. Y estoy seguro de que hará mucho bien".
- Pero si contesta no dándoles la razón entonces se estaría poniendo "formalmente" y "explícitamente" en contra de las enseñanzas de Jesucristo, lo que conllevaría una herejía formal. Y entonces podría ser depuesto como Papa. De ahí su "rabia" y su enfado.
Por eso ni les ha contestado ni piensa hacerlo ... 
Más cosas:
- Creación de nuevos cardenales (todos de su ideología) sin contar con los miembros del Colegio cardenalicio, como es costumbre
- Según el periódico argentino Clarín, de fecha 25 de junio, Francisco quiere relevar al actual guardián de la ortodoxia, el cardenal Müller. Entre los posibles candidatos se venían barajando tres nombres, de cardenales afines a Francisco y a su Amoris Laetitia: Schonborn, Bruno Forte y Tucho Fernández. Recientemente, se habla del cardenal Sean O'Malley, arzobispo de Boston, miembro del C-9

En fin: por las razones que sean -y que se me escapan- el papa Francisco tiene prisa en cumplir una serie de objetivos que se propuso al principio de su Pontificado, el 13 de marzo de 2013, hace poco más de cuatro años. Y, aunque hay mucho más de qué hablar (en cuanto al proceso de demolición de la Iglesia, tal como ésta se ha conocido siempre) sin embargo, el comienzo de todo ese proceso pasa por el ataque a la familia cristiana, un ataque velado ( forzoso es reconocerlo) pero real. 

Los frutos recogidos saltan a la vista (aquí, aquí, aquí) .En Infocatólica, por ejemplo, hay gran cantidad de artículos sobre Amoris Laetitia. Algunos otros se pueden ver aquí . Hay también una serie de comentarios que hice en su momento, en tres entradas, relativas a AL, que titulé "La hipocresía del lenguaje" (aquí, aquí y aquí)

Definitivamente, la idea puesta en práctica, sobre los dos Sínodos acerca de la familia, que concluyó con la exhortación postsinodal Amoris Laetitia, ha sido un auténtico desastre, un extraño sincretismo. Y es preciso reaccionar.

José Martí (Continuará)

sábado, 24 de junio de 2017

Reflexiones ante la Crisis de la Iglesia (Marcelo González)



La Iglesia está descalabrada, el mundo está descalabrado y crujen por todas partes. Naturalmente lo estamos los hombres (el género humano, entiéndase).

Dentro de la Iglesia, en virtud de la obligación natural de todo bautizado de defender la Fe en caso de peligro y de confesarla en todo momento, hay una reacción fuerte, más virulenta que nunca bajo el pontificado de Francisco, fruto de su modo dialéctico extremo de provocar y también, aunque muchos piensen lo contrario, por la coherencia casi extrema también de su gobierno con los principios que lo inspiran, a saber, los del Concilio Vaticano II. Posiblemente sea el papa más conciliar, el que ha llevado sus novedades a las últimas consecuencias.

Él lleva a la práctica con más consistencia los falsos principios liberales que cualquiera de los otros papas conciliares, quienes esquivaron no la teoría sino sus consecuencias naturales. Juan Pablo II defendió la subversión de los fines del matrimonio, pero concluyó en que la contracepción era un mal y en la indisolubilidad del vínculo, pobre defensa por más entusiasta que fuese, ya que se fundaba en un cimiento minado por el error. La moral personalista, fuertemente condenada ya por Pío XII, guió su magisterio en materia familiar.

Sin embargo, el papa Woytila ya había concluido coherentemente en otros aspectos de la neodoctrina del Vaticano II. Asís es uno de los ejemplos más elocuentes. Asís, sin embargo, no levantó olas de indignación, salvo entre los tradicionalistas. 
De modo que este estallido contra la doctrina de Francisco, que incluye a algunos clérigos de algo rango, no se explica más que en el desengaño de muchos, quienes sin ver las causas que estaban (y están) minando la Iglesia desde mucho antes, parecen descubrir ahora que proceden de la cabeza terrenal del Cuerpo Místico, del Vicario de Cristo, no en cuanto tal, obviamente, sino en virtud de sus errores doctrinales. Un papa que, consideran estos desengañados, es un extraño en la cátedra de Pedro y cuyas ideas no tienen antecedentes…

Pero sí tienen, múltiples y terribles antecedentes. Omitir este análisis de la situación de la Iglesia conduce a una situación peligrosa: si antes estas personas no ejercían ningún tipo de juicio objetivo sobre las desviaciones doctrinales, o eran particularmente benignos con ellas, ahora lo ejercen por demás. Van más allá de juicio de la doctrina y se meten en el pantano otros juicios…

¿Qué juicio se puede realizar sobre esta cuestión?

El primero, obligatorio y al alcance de todo bautizado que no ha naufragado en su Fe, es el de reconocer la contradicción entre lo que la Iglesia ha enseñado siempre y lo que se viene enseñando desde hace ya muchos años. No se necesita una gran fineza teológica pero sí un sentido de la Fe alerta y eficaz, no demolido por la indiferencia, el nulo ejercicio de la práctica religiosa o la ignorancia supina. Pero no es que este privilegio de ejercer el sentido de la Fe sea para los sabios y les esté vedado a los sencillos. Con frecuencia son estos quienes rechazan las novedades porque sospechan, con intuición cierta, que esto no es lo que les fue enseñado o no es la forma de vivir que la Iglesia ha ponderado siempre como fruto de las virtudes cristianas.

También están los católicos cultivados, que pueden elevar su juicio a un nivel de fundamentación más explícito que el de los sencillos. A estos les afecta con frecuencia (nos afecta, por mejor decir) la tentación de llevar el juicio que nos es lícito, es decir, sobre qué es católico y qué no lo es conforme a lo que la Iglesia ha sostenido siempre, al campo del juicio sobre la autoridad de la Iglesia. Esta frontera se cruza con mucha facilidad. Parece poco decir “lo que Francisco predica en esta homilía contiene errores (y también horrores)” y cruzamos a un terreno donde no nos es posible pisar con seguridad: “esto lo convierte en antipapa, en hereje, queda depuesto, etc.”.

Pero, ¿cómo no decir algo así si vemos y oímos cosas escandalosas, que nos conmueven en nuestra fibra más profunda de católicos? Bien, aquí comienza una tarea de discernimiento de las cosas que no puede pasar por las reacciones de ira o de indignación.
Así como la Caridad (como virtud sobrenatural) se asocia a la verdad en el orden del ser, así parece que deben asociarse en la vida cristiana para que se pueda llegar a cierto grado de perfección espiritual, necesario para salvar el alma. Así como nuestro juicio o sentido de la Fe debe estar alerta para no ser llevados al error por los heretizantes, así nuestra disposición frente al escándalo no puede prescindir del ejercicio de las virtudes cristianas. No solo la Fe, sino también la Esperanza y la Caridad, para no derrapar inclusive en cuestiones de Fe.

La Esperanza nos ata a las promesas de Cristo y nos recuerda que la Iglesia no puede sucumbir y es indefectible. Las lacras que la afean son parte de su pasión, como las llagas de Cristo, que repugnan a los sentidos pero no afectan la indemne divinidad del Redentor. Y así como El anticipó a sus discípulos lo que iba a padecer, también nos anticipó a los cristianos de los últimos tiempos lo que estamos viviendo, tanto en sus profecías canónicas como en las apariciones de la Santísima Virgen que la Iglesia ha hecho suyas, honrándolas extraordinariamente.

Caridad y Verdad, reaseguros del buen camino

La Caridad es con la verdad un anverso y un reverso. No sólo porque se debe predicar la verdad por amor a las almas; no sólo porque esta prédica debe ser caritativa también en el modo, sino además porque sin caridad se obnubila el sentido de la Fe. Ante realidades tan violentas para el espíritu católico como las que vemos a diario, el alma necesita sostenerse en un equilibrio difícil. Cuando abunda el pecado sobreabunda la gracia. Las gracias están, pero ¿las aceptamos con las mejores disposiciones? 

Si nuestra vida espiritual se centra en una obsesiva denuncia o lamentación de los males que padece la Iglesia olvidamos que la causa de esos males es el pecado, que nosotros integramos [también] el elenco de los pecadores y que reparar ese pecado con oración y penitencia es más importante y efectivo que cualquier otra cosa. Podremos y también deberemos defender la Fe que está claramente en peligro, en donde tengamos la posibilidad de hacerlo. Pero con un espíritu de verdad informado por la Caridad.

De otro modo nuestro esfuerzo se vuelve meramente humano (caemos en cierto modo en el naturalismo que condenamos), se agota en la denuncia contra la perversión de la Fe

Es necesario el ejercicio de la virtud. Primero, la humildad, que nos pone en nuestro lugar; luego la moderación del espíritu crítico, porque su exacerbación nos aleja de la defensa de la Fe y nos acerca al celo amargo; finalmente la mansedumbre que nos da la paz del espíritu, sin la cual no seremos ni buenos confesores de la Fe ni tampoco, llegado el caso, mártires.

Dependemos de los sacramentos. Y sin embargo, tantas veces en lugar de buscarlos en su forma más tradicional, aun a costa de sacrificios, optamos por abandonarnos a la ira contra el espanto del Novus Ordo. ¿Para qué? El ejercicio de la abnegación (tan necesaria para evitar el orgullo), el ejercicio puntual de los deberes de estado, que no pocas veces descuidamos bajo pretexto de sostener “causas más importantes” son el primer acto de restauración de la Iglesia. Buscar la Misa, y en torno a ella fundar o preservar la familia. Esa pequeña cristiandad es la verdadera resistencia contra el Modernismo, las sectas, los poderes ocultos…

Presunción y desesperación

¿Cómo podremos ver con claridad (y obrar con Caridad) si estamos cegados por la indignación que con frecuencia no es un puro celo por la gloria de Dios sino mezcla de nuestras pasiones y resentimientos? ¿Cómo podremos ver con claridad la justa medida si vivimos en y contribuimos a producir un ambiente donde el despellejamiento sistemático del prójimo es casi un deporte, y realizamos juicios temerarios con absoluta naturalidad? Esto, sin duda, es un grave obstáculo, un impedimento para recibir la gracia que necesitamos en estos tiempos de gravísimas tentaciones y pruebas.

Hacia arriba juzgamos la cobardía, la traición, la entrega, la estupidez de los que tienen responsabilidades jerárquicas en la Iglesia. No está en nosotros juzgar al prójimo en este sentido. “No juzguéis y no seréis juzgados” significa esto, precisamente, que del fuero interno no se puede emitir juicio, está reservado solo a Dios. Y de lo externo, si juzgar no significa discernir lo que está bien de lo que está mal, fundados en lo que la Iglesia nos ha enseñado, ¿qué significa? Advertir a los engañados de esos peligros, sin duda. Pero también de que Dios está al mando de las cosas y lo que no se encamina es porque Él lo permite, seguramente porque no merecemos todavía esta restauración.

Asumir una responsabilidad que no nos ha sido dada por Dios, erigirnos en jueces sin que nadie nos haya puesto en ese oficio: ¿puede haber algo más contrario a la Caridad, más presuntuoso y soberbio? Por algo en las letanías del Espíritu Santo, no me canso de recordarlo, pedimos que se nos libre de la presunción y de la desesperación conjuntamente. Y esto es porque de la primera nace la segunda, que se puede manifestar en engañosas iluminaciones, en las que nos sintamos intérpretes proféticos de las situaciones profundamente misteriosas y salgamos a proclamar soluciones o a deponer autoridades. Ridículo, patético y trágico. Obramos como pobres locos creyéndonos lo que no somos y pronunciando “verdades” que no pasan de opiniones endebles y no pocas veces absurdas.

Hacia abajo no somos mejores: conminamos a los demás a despertar de su estúpido letargo, a advertir de que nosotros decimos la verdad de las cosas. Y aun cuando digamos muchas verdades fundados en la autoridad de la Iglesia, no pocas veces las decimos como escupiéndolas, no precisamente de un modo evangélico. Ni que hablar cuando se demuestra que teníamos razón en tal o cual punto: la alegría de que otro haya visto la verdad se opaca con nuestro espíritu de recriminación: “ya te lo dije y no me escuchaste”. ¿Llegamos incluso a alegrarnos de la probable condena eterna de los pecadores? A veces lo temo. Recordemos que Nuestra Señora en Fátima nos pidió rezar permanentemente por los “pobres pecadores”. Y los santos pastorcitos dedicaron su vida a sacrificarse por ellos del modo más admirable.

La crítica es un necesario ejercicio de la razón, en cuanto se haga según la prudencia. No sobre materias o personas que nos exceden en rango o calidad intelectual. No sobre intenciones ocultas. No basados en nuestra propia autoridad. Sino más bien, sobre temas en los que tenemos la obligación de discernir, allí donde tenemos competencia y nuestro juicio puede ayudar, a modo de canal de transmisión de la Verdad que atesora la Iglesia, pisando con prudencia para no confundir nosotros mismos lo que es de la Iglesia con nuestra opinión. Porque también hay que tener una formación sólida para intervenir con provecho de los propios y ajenos en ciertos debates, y algunos no deben darse fuera de un contexto adecuado, porque hacen más daño que bien. Conviene limitarnos humildemente a lo que sabemos. Admitiendo que muchas cosas, la mayoría, nos superan. Esto hará más a favor de la verdad que cualquier perorata caprichosa.

Porque hoy en día, ¿quién puede decir honestamente que tiene certezas sobre lo que pasa o pasará en la Iglesia y en el mundo, más allá de sus lineamientos generales? Dios tiene planes que no conocemos más que borrosamente. Las certezas absolutas son simples y con frecuencia las olvidamos: Nuestro Señor Jesucristo estará con nosotros hasta el fin de los siglos. Las puertas del Infierno no prevalecerán. El Corazón Inmaculado de María triunfará en esta instancia histórica, en un tiempo no lejano pero indeterminable.

Sobre lo demás ¿qué podemos hacer sino sufrirlo y ofrecerlo? Hablar cuando sea de provecho, y el resto del tiempo mantenernos en silencio y oración.

viernes, 23 de junio de 2017

El problema del mal a la luz del Evangelio (José Martí)


La comprensión completa de todos aquellos acontecimientos que nos hacen sufrir escapa a nuestra capacidad natural y nos introduce en el misterio y en lo sobrenatural

En estos casos no podemos sino admitir que tampoco nosotros lo entendemos. ¿Y cómo íbamos a entenderlo si, como digo, es un misterio? Tenemos que acudir, por lo tanto, a la Biblia, que es Palabra de Dios. Es de ahí -y sólo de ahí- de donde podremos obtener alguna luz y llegar a comprender, aunque sea un poco, que el modo de ser y de actuar de Dios no se corresponde casi nunca con lo que a nosotros nos parece que debería de ser. Así se lee, por ejemplo, en el profeta Isaías: "Mis pensamientos no son vuestros pensamientos ni vuestros caminos mis caminos" (Is 55, 8) 
Lo que escribo a continuación son reflexiones sobre pasajes bíblicos, en particular del Nuevo Testamento, con vistas a aclarar y ordenar mis ideas; y con la intención y el deseo de que también puedan servir, aunque sea sólo un poco, a aquellos que las lean. 

Comencemos con un pasaje del Evangelio de san Lucas
"Llegaron en aquel momento unos que le contaron lo de los galileos, cuya sangre había mezclado Pilato con la de sus sacrificios. Y en respuesta les dijo: ¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que los demás galileos, porque sufrieron tales cosas? Os digo que no; y si no hacéis penitencia, todos pereceréis igualmente. O aquellos dieciocho sobre los que cayó la torre de Siloé y los mató, ¿creéis que eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén? Os digo que no; y si no hacéis penitencia, pereceréis todos del mismo modo" (Lc 13, 1-5)
Algo semejante encontramos en el Evangelio de san Juan, en el episodio de la curación del ciego de nacimiento:
"Al pasar, vio a un hombre ciego de nacimiento. Y le preguntaron sus discípulos: "Rabbí, ¿quién pecó: éste o sus padres, para que naciera ciego?". Respondió Jesús: "Ni peco éste ni sus padres; es para que se manifiesten en él las obras de de Dios" (Jn 9, 1-3)
Rápidamente podemos deducir de aquí que, a título personal, las contrariedades -de todo tipo- con las que nos encontremos en nuestra vida no son -en principio- consecuencia de nuestros pecados. La lección que Jesús nos da es doble: por una parte, la necesidad que TODOS -no sólo algunos- tenemos de hacer penitencia y convertirnos a Dios, si queremos salvarnos. Y, por otra, la conciencia y la seguridad, que no debemos perder nunca, de que "Dios hace confluir todas las cosas para el bien de los que le aman" (Rom 8, 28)

La cuestión podríamos plantearla de la siguiente manera:

Aunque es cierto que el sufrimiento, las enfermedades y la muerte entraron en el mundo debido al pecado de nuestros primeros padres, sin embargo, se dan continuamente casos de personas santas con grandes sufrimientos y personas soberbias e injustas que gozan de buena salud corporal. ¿Es Dios injusto actuando así o, mejor expresado, permitiendo que eso ocurra?
Antes de nada, es preciso distinguir  entre el pecado de origen o de naturaleza, con el que todos nacemos ... y el pecado personal. Por el primero nuestra naturaleza humana está caída y presa de dolores y de todo tipo de adversidades que nos hacen sufrir, la más importante de las cuales es la muerte. El pecado personal, en cambio -y, en principio, que no siempre- no está relacionado, de por sí, con la salud corporal, aunque sí con la salud espiritual, con la salud de nuestra alma, la cual es más importante que la del cuerpo, como el espíritu es superior a la materia. Vistas así las cosas, es preferible tener el alma sana a tener el cuerpo sano, aunque lo deseable, lógicamente, es que todos deseemos -y así se lo pedimos a Dios- tener salud en sentido íntegro: salud del cuerpo y salud del alma. Nadie, en su sano juicio, desea sufrir.
Por otra parte, tenemos estas palabras de Jesús:
"Si tu mano o tu pie te escandaliza, cortártelo y arrójalo lejos de tí. Más te vale entrar en la vida lisiado o cojo que con las dos manos o los dos pies ser arrojado al fuego eterno. Y si tu ojo te escandaliza, sacátelo y tíralo lejos de tí. Más te vale entrar con un solo ojo en la Vida que con los dos ojos ser arrojado al abismo del fuego" (Mt 18, 8-9)
Y estas otras:
"No temáis a los que matan el cuerpo pero no pueden matar el alma; temed, sobre todo, al que puede arrojar el alma y el cuerpo en el infierno" (Mt 10, 28).
En ellas se pone de manifiesto que nuestro auténtico horror ha de ser hacia el pecado, que es lo que nos puede separar de Jesús. Los que pueden matar el alma: ésos son los que nos tienen que dar miedo; no un miedo paralizante, por supuesto. Pero sí un miedo razonable, en el sentido de ser prudentes, por un lado; y por otro, confiar plenamente en Dios, quien "no permitirá que seamos tentados por encima de nuestras fuerzas, sino que, con la tentación nos dará la fuerza para que podamos superarlas" (1 Cor 10, 13). Además, siempre resuenan en nuestros oídos estas maravillosas  palabras de Jesús: "En el mundo tendréis tribulación; pero confiad: Yo he vencido al mundo" (Jn 16, 33)

Sabiendo que "TODOS los que quieran vivir piadosamente en Cristo Jesús sufrirán persecución" (2 Tim 3, 12) un cristiano no puede sentirse defraudado ni triste cuando no es comprendido o si es perseguido. Más bien es lo contrario"¡Ay cuando todos los hombres hablen bien de vosotros!" (Lc 6, 26). El cristiano debe contar con la persecución como algo inherente a su condición de cristiano, si es que realmente desea ser cristiano, puesto que, como dijo Jesús a sus discípulos: "No es el siervo más que su Señor. Si a Mí me persiguieron también a vosotros os perseguirán" (Jn 15, 20).
Entonces, ¿qué? ¿Qué es lo que nos quiere decir el Señor?
Es sencillo: si mantenemos en Él nuestra fe y nuestra confianza, nada podemos temer"Si Dios está  con nosotros, ¿quién contra nosotros?" (Rom 8, 31). "¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿La tribulación o la angustia, la persecución o el hambre, la desnudez, el peligro o la espada?" (Rom 8, 35). "Sobre todas estas cosas triunfamos por Aquél que nos amó. Pues estoy convencido de que ni la muerte ni la vida, ni los ángeles ni los principados, ni lo presente ni lo futuro, ni las potestades, ni la altura ni la profundidad, ni criatura alguna, podrá separarnos del amor De Dios, que está en Cristo Jesús, Señor nuestro" (Rom 8, 37-39)
Ésta es la clave ... y no hay otra: el amor a Jesucristo por quien nos lo jugamos todo, porque incluso en nuestra vida podemos hacer realidad estas palabras que san Pablo escribía: "Habéis muerto y vuestra vida está escondida, con Cristo, en Dios" (Col 3, 3). "Estáis muertos al pecado, pero vivos para Dios, en Cristo Jesús" (Rom 6, 11)
Lo importante no son las enfermedades o el sufrimiento sino la unión íntima con Jesús. Como decía santa Teresa: "Quien a Dios tiene, nada le falta. Sólo Dios basta". No es el dinero, ni los goces mundanos o las posesiones, en la medida en la que se está apegado a todo eso, lo que nos va a proporcionar la felicidad que anhelamos. En absoluto. Sólo en Cristo podemos hallarla. Así lo decía san Agustín: "Nos hiciste, Señor, para Tí. Y nuestro corazón estará siempre inquieto hasta que descanse en Tí"
Con relación al tema de la injusticia de Dios, es preciso decir que si se piensa que Dios es injusto -por las razones que sean- se está incurriendo en un grave error. Hablándole a sus discípulos les dijo: "Vuestro Padre, que está en los cielos, hacer salir el sol sobre buenos y malos y hace llover sobre justos y pecadores" (Mt 5, 45).  Y en los salmos se lee que "Dios no nos trata según nuestros pecados ni nos paga según nuestras culpas" (Sal 103, 10). 
Y lo más importante de todo, con relación al sufrimiento de los inocentes: ¿Acaso ha existido ni existirá criatura más inocente, más noble, más buena, que nuestro Señor Jesucristo, el Justo entre los justos? Y, sin embargo, tomó sobre sí nuestros pecados, haciéndolos suyos (cuando Él jamás cometió pecado) para hacer posible nuestra Redención y nuestra entrada en el cielo: "A Aquél que no conoció pecado, le hizo pecado por nosotros, para que nos hiciéramos justicia de Dios en Él" (2 Cor 5, 21).
¿Cabe mayor injusticia que la que nosotros cometimos con Aquél que vino para salvarnos? ¿Acaso Él se merecía la muerte y, además, una muerte en la cruz? Jesús murió (entregando voluntariamente su vida) por unos pecados que no había cometido. Y sufrió horriblemente todo tipo de ignominias por amor a nosotros, para hacer posible que, quien quisiera, pudiera salvarse. 
¿Qué de particular tiene si sufrimos por unos pecados que nosotros sí que hemos cometido? "No hay distinción: todos han pecado  y se han privado de la gloria de Dios. Son justificados gratuitamente por su gracia, en virtud de la Redención que está en Cristo Jesús" (Rom 3, 23-24).
¿Acaso es Dios responsable de tantos males que existen en el mundo? Guerras, calamidades, hambre, injusticias y todo tipo de sufrimientos. Todo ello tiene su raíz en el pecado original que, como hemos dicho, es un pecado de naturaleza ... al cual, por desgracia, añadimos nuestros propios pecados personales. "¿Acaso quiero yo la muerte del impío -dice el Señor- y no que se convierta de su mal camino y viva?" (Ez 18, 23)
Haciendo un símil entre los incendios de Portugal y la torre de Siloé (Lc 13, 4-5), el Señor podría decir: ¿Creéis que aquellos sesenta y cuatro que murieron en el incendio de Portugal del 17 de junio de 2017 eran más culpables que los demás habitantes de Portugal ... o del mundo? Os digo que no; y si no hacéis penitencia, pereceréis todos igualmente.
Y precisamente a esto es a lo que se refiere el Señor cuando continúa hablando después de lo de la torre de Siloé ... y aparentemente lo que dice no tiene ninguna relación con ese hecho. Sin embargo, las palabras de Jesús son Espíritu y Vida y nunca habla por hablar. Luego es preciso reflexionar con tranquilidad sobre ellas y tal vez, con la ayuda del Señor, encontremos en sus Palabras la explicación a nuestra ignorancia. 
Dice así Jesús"Conviene que nosotros hagamos las obras de Aquél que me ha enviado mientras es de díapues viene la noche, cuando nadie puede trabajar.  Mientras estoy en el mundo, soy Luz del mundo" (Jn 9, 4, 5). 
Reflexionemos un poco sobre estas palabras del Señor:
¿A qué obras se refiere Jesús? ¿Cuáles son esas obras que nos conviene hacer? Y la respuesta nos viene dada en el Evangelio, de la boca del mismo Jesús: "Ésta es la obra de Dios: que creáis en Aquél a quien Él ha enviado" (Jn 6,29). ¿Podemos encontrar también aquí (puesto que ya se ha hablado de ello) una respuesta a la pregunta inicial, la que se refiere al sufrimiento de los inocentes? Hagamos un esfuerzo:
Mientras es de díaes decir, en el transcurso de nuestra existencia, nos conviene, con vistas a nuestra salvación eterna, hacer la obra de Dios, es decir: creer en Jesucristo, como Aquél que el Padre ha enviado y fuera del cual no hay salvación posible. 
Esta fe en Jesús debe impregnar la vida de un cristiano. "Para mí la vida es Cristo" (Fil, 1, 21) decía san Pablo. Y así debe de ser para todos los cristianos. Cristo ha de ser nuestra vida y nuestro todo. Ésa es la obra que Dios quiere que hagamos, ése es el sentido de nuestra existencia, la razón para vivir. Y merece la pena. Realmente, merece la pena. De este modo podremos ser felices ya aquí en esta vida (aun cuando suframos) y luego, con Él, en el cielo, por eternidad de eternidades.  
Porque, además, Él está con nosotros. Y Él es la Luz que nos ilumina para que no nos perdamos. Por eso nuestra mirada debe de estar siempre pendiente de la suya. Procurar conocer en cada instante lo que Él desea de nosotros para cumplirlo inmediatamente, con generosidad y alegría: ése ha de ser el objetivo de nuestra vida, pues eso es lo que el Señor quiere para nuestro propio y verdadero bien.
Y, como digo, está con nosotros: está en el mundo. Y lo está de una manera real, no sólo en el recuerdo, como alguien podría pensar.  Lo está con su cuerpo, sangre, alma y divinidad en la hostia consagrada, en la Eucaristía, en el sagrario. Y podemos acudir a Él en todo momento, con la seguridad de ser escuchados y comprendidos. 
Esto lo sabemos por la fe. Pero es que "la fe es seguridad de las cosas que se esperan" (Heb 11, 1). Una seguridad mayor incluso que la que nos pueden proporcionar nuestros sentidos corporales que tantas veces nos engañan. De hecho, ¡cuántas personas hay que vieron corporalmente a Jesús mientras vivía en esta tierra y, sin embargo, no creyeron en Él y no llegaron a conocerlo ni a amarlo, a pesar de todas las obras y milagros que hizo durante su vida mortal! 
"En Él estaba la vida, y la vida era La Luz de los hombres. La Luz luce en las tinieblas, pero las tinieblas no la acogieron" (Jn 1, 4-5). "Vino a los suyos, pero los suyos no le recibieron. Sin embargo, a cuantos le recibieron les dio la capacidad de hacerse hijos de Diosa los que creen en su Nombre, los cuales no han nacido de la sangre ni de la voluntad de la carne, ni del querer del hombre, sino de Dios" (Jn 1, 11-13).
Viene la noche, cuando ya nadie puede trabajar, nos dice Jesús. Tenemos toda la vida que Dios nos ha dado para que nos dejemos iluminar por Él. Si lo rechazamos, pero reconocemos nuestros pecados y, arrepentidos y con propósito de enmienda,  acudimos al sacramento de la Penitencia, Él nos perdona, a través del sacerdote, que actúa "in Persona Christi". Este perdón podemos alcanzarlo siempre que nos volvamos a Él, arrepentidos. Ninguna otra cosa desea más, porque nos ama. Eso sí: es preciso dejarnos iluminar por Él: reconocer en Él "la Luz verdadera  que ilumina a todo hombre que viene a este mundo" (Jn 1, 9).
Sin embargo, cuando llega el momento de nuestra muerte, que esa es la noche, ya no es posible trabajar. Es el momento del juicio: "Cada cual recibirá la recompensa según su trabajo" (1 Cor 3, 8), es decir, según el amor que profesó a Jesús mientras vivía, "mientras era de día". No nos conviene vivir engañados, sino vivir en la verdad, por nuestro propio bien y el de los que nos rodean: "No os engañéis: de Dios nadie se burla. Pues lo que el hombre siembre, eso mismo cosechará" (Gal 6,7).
Entonces, si esto es así, como lo es, nuestra vida ha de ser un esfuerzo, continuamente renovado, por hacer realidad en nosotros la vida misma de Jesús. Y entonces, podrá haber torres de Siloé que caigan y maten a dieciocho o incendios en Portugal que maten a sesenta y cuatro ... o cualquier otro tipo de adversidad, por muy dura que sea. Porque esa es la lección que, a mi entender, debemos aprender. Se trata de una exhortación a la vigilancia:
"Tened ceñidos vuestros cinturones y encendidas vuestras lámparas. Estad como los criados que aguardan a su amo cuando vuelve de las bodas, para abrirle apenas llegue y llame. Dichosos los siervos a quienes al llegar el amo encuentre vigilantes. Os lo aseguro: se ceñirá la cintura, los pondrá a la mesa y los servirá de uno en uno". (Lc 12, 35-37)
Y en lo que a la justicia se refiere no tenemos más que pensar en la parábola del juez injusto (Lc 18, 1-8). Cómo éste atendió a las peticiones de una viuda, no porque ésta le cayera bien, sino para que no le molestara ni le importunara más. Entonces dijo Jesús:
"¿Acaso Dos no hará justicia a sus elegidos que claman a Él día y noche, y tendrá compasión de ellos? Os lo aseguro: les hará justicia enseguida" (Lc 18, 7-8a). Ésta es la confianza que tenemos. Y que nada ni nadie puede ni debe empañar. 
No obstante, acaba el Señor diciendo unas palabras que son inquietantes, porque la situación actual de apostasía general es un hecho más que comprobado. "¿Pensáis que cuando venga el Hijo del Hombre encontrará fe en la tierra?" (Lc 18, 8b)
Pese a lo cual no debemos de tener miedoY sí seguir fiándonos de las palabras de Jesús, que son sumamente consoladoras: "Cuando comiencen a suceder estas cosas, tened ánimo y levantad vuestras cabezas, porque se aproxima vuestra Redención" (Lc 21, 28) 
José Martí 

jueves, 22 de junio de 2017

Con relación al artículo del padre Alfonso Gálvez, de título PORTUGAL, LOS INCENDIOS Y FÁTIMA (José Martí)


 Dedico esta entrada a realizar algunos comentarios acerca del artículo del padre Alfonso Gálvez en el que habla sobre el incendio de Portugal y su posible relación con Fátima. En concreto, sobre la parte final del mismo.

Es importante no perder de vista algunas de las expresiones que utiliza el padre Alfonso, para no sacar conclusiones precipitadas de la lectura de dicho artículo. Por ejemplo, aquella en la que advierte: "Aquí no se dice que los incendios sean un castigo del Cielo por las profanaciones realizadas últimamente en Fátima ... se habla [sólo] de una posibilidad". Y, para los que niegan tal posibilidad, dice el padre Alfonso que "tendrían que demostrar que tal posibilidad es absurda y que no puede darse".



Ciertamente, aquellos que no creen que Dios exista, negarán tal posibilidad. Pero será una negación basada en su increencia, lo cual no es una demostración. Téngase en cuenta que aquí no se afirma, de modo tajante, que haya tal relación. Lo que se afirma es su posibilidad. Claro está: esa afirmación supone -como base- que se cree en la existencia de Dios. Pero, ¿y los que no creen en ella? ... Pues, hablando en plata, diría que ése es su problema, puesto que absolutamente nadie ha logrado demostrar que Dios no exista. En cambio, sí existen muchas demostraciones "racionales" de que Dios existe.  

Es cierto -dice el padre Gálvez- que "el mundo moderno se ha acostumbrado a prescindir por completo de Dios" ... sin embargo, "la existencia de Dios no depende de que los hombres la admitan o la dejen de admitir". 

En realidad de verdad, el problema de fondo no es de la razón, sino de la voluntad. Hoy podemos verlo mejor que nunca.  Por ejemplo: aun cuando está clarísimamente demostradoecografías y toda una serie de aparatos científicos, cada vez más perfeccionados) que el embrión humano tiene su propio código genético único, y que tiene, por lo tanto, unos derechos inalienables, como persona humana que es (entre ellos, el derecho a vivir, que es el primero de todos) ... ¡no es, en absoluto, propiedad de la madre! Pues bien: tal demostración -y por muchas demostraciones que hubieran- se la pasan por el arco del triunfo. 

Y no sólo las demostraciones sino, incluso, los hechos más evidentes y palmarios, como por ejemplo, que la persona humana o bien es un hombre o bien es una mujer (verdades de Perogrullo) ... ¡se niegan! Y no sólo se niegan, sino que -además, para más INRI- se quieren imponer (y se están imponiendo) "legalmente" -ya en los colegios, para adoctrinar a los niños- en la llamada   "ideología de género",  que es una auténtica aberración y un absurdo, una gran mentira. Según dicha ideología, cada uno puede tener el sexo que prefiera, y aun los dos, según se sienta a sí mismo y según el momento, puesto que puede cambiar.   [Decir que un niño es un niño ya es ilegal en Canadá]. La mentira queda elevada a rango de ley y su incumplimiento es castigado con multas e incluso con la cárcel ...¡lo cual está ocurriendo ante el silencio de la mayoría de los medios de comunicación, que lo ocultan, quedando el conjunto de la sociedad desinformada ante estos disparates que arruinan y destrozan la vida de los niños.  ¿No son todo esto señales de que el mundo se ha vuelto loco?

Pero volvamos a nuestro comentario
Son muchos los que pensarán -y con razón- que toda esa pobre gente que ha muerto en el terrible incendio de Portugal no tiene la culpa de esas profanaciones que han tenido lugar en Fátima. Y que, además, si se tratase de un castigo de Dios, puesto que Dios es justo tendría que castigar a aquéllos que han cometido esa profanación y no a quienes no han tenido nada que ver con ella, al igual que ocurrió en Sodoma y Gomorra, en donde Lot y su familia, que eran justos, se libraron del castigo divino. Por otra parte, es época de incendios. Éstos se están produciendo ya en bastantes lugares. Y todos los años arden miles de hectáreas de bosque, bien sea por causas naturales o bien por haber sido provocados por el hombre. ¿Habría que pensar en todos esos casos que estamos también ante la posibilidad de un castigo de Dios? Y de las guerras, el hambre en el mundo, los campos de concentración, etc... ¿puede aventurarse igualmente la posibilidad de un castigo divino? Es difícil dar una respuesta. Hay algo, sin embargo, que siempre puede decirse que ocurre en todos los casos ... y es que Dios lo permite: de lo contrario no ocurriría. Rozamos aquí el misterio del mal. Y, como tal misterio, incomprensible. Sobre ello haré unas breves reflexiones en una próxima entrada (que vendrá a ser como una continuación de ésta), las cuales  acabarán por llevarnos, de nuevo, al misterio ... Pero es que no podría ser de otra manera: de lo contrario, no habría tal misterio.
Ahora bien: Dicho lo cual, que haya casos concretos como el de Portugal, en donde, previo al incendio, se hayan dado en Fátima infinidad de profanaciones contra la Virgen María, la Madre de Dios,  puede dar pie -de modo razonable- a pensar en una posibilidad "más probable" (por expresarlo de alguna manera) que en otros casos de los expuestos más arriba. Y esto por una razón muy sencilla. Jesucristo es verdadero hombre, también en el Cielo, en donde se encuentra en cuerpo y alma. Y ve de continuo a su Madre, que se encuentra igualmente en cuerpo y alma. Como humano que es (al mismo tiempo que divino) aun cuando esté con su Cuerpo Glorioso, tiene también sentimientos humanos. Y los que somos humanos sabemos bien que "es muy humano" que las ofensas a nuestra madre nos irriten mucho más que las ofensas que nos inflijan a nosotros mismos. Pues a Jesús le ocurre lo mismo. Por eso, no es aventurado pensar (aunque no asegurar) que, en este caso concreto, la posibilidad a la que nos referimos, desde el principio, haya sido más que una simple posibilidad. Esto no podemos saberlo, lógicamente. Pero nuestro razonamiento nos lleva a no descartarlo e incluso darlo como algo bastante probable.  Y hasta aquí el comentario.
José Martí

NOTA: Como curiosidad añado un enlace en el que se indican las posibles causas del fuego. Hubo una concatenación de ingredientes que se dieron en un mismo lugar y en un mismo instante, el 17 de junio de 2017 por la tarde. La causa principal fue un rayo que impactó sobre un tronco seco, aun cuando cuatro días más tarde [¡extraño!] se ha dicho que, en realidad, el fuego fue intencionado, y que el incendió ya se había producido antes de impactar el rayo

martes, 20 de junio de 2017

PORTUGAL, LOS INCENDIOS Y FÁTIMA (P. Alfonso Gálvez)


La Humanidad actual se ha acostumbrado a no llamar a las cosas por su nombre o a ocultar lo que resulta desagradable. 
Disimular lo que resulta desagradable puede hacerse de dos modos: ocultando la verdad o fabricando falsedades. Aunque estas dos formas de distorsionar la realidad van generalmente unidas en estrecho connubio. 
De todos modos a nadie debería extrañar esta situación, dado que todo parece indicar que asistimos a un momento histórico en el que el Padre de la Mentira está desplegando todo su poder. 
De los dos procedimientos nombrados —ocultación de la verdad o su falsificación—, cada una de las dos Sociedades, la Civil y la Eclesiástica, ha mostrado distintamente sus preferencias por uno de los métodos: 
La Sociedad Civil se ha decidido, como instrumento más práctico y suficiente, por la Ley del Silencio, sin que eso suponga descartar el uso del otro procedimiento cuando sea necesario. 
La Sociedad Eclesiástica, en cambio, prefiere utilizar abiertamente el sistema de la Proclamación de la Mentira, después de haber comprobado que el conjunto de los fieles se halla ya suficientemente aborregado, sin capacidad de pensar y mucho menos de decidir. Es en este sentido, y sólo en este sentido, como puede decirse que la utilización del silencio tampoco anda lejos de ser ajena a quienes dirigen la Sociedad Eclesiástica.
Para la Sociedad Civil, el método del silencio, que también podría denominarse del disimulo, está resultando eminentemente práctico. No es que aquí se descarte la utilización de la mentira, como hemos dicho antes, pero evidentemente es el procedimiento de mayor uso. Íntimamente ligado a su vez con los sistemas de manipulación del lenguaje, que fueron inventados por el Modernismo y puestos en boga a lo grande por la misma Jerarquía de la Iglesia a partir del Concilio Vaticano II.
Los resultados conseguidos son verdaderamente sorprendentes. Que Europa está siendo por completo islamizada es un hecho evidente para quien quiera verlo. Pero todo se debe, según se dice, a una legítima apertura a otras culturas con las cuales se da lugar a un enriquecimiento mutuo. Fue el señor Zapatero quien alumbró la luminosa idea de la Alianza de Civilizaciones, cuyos resultados están a la vista, además de regalar a la Humanidad con la teoría de que la tierra pertenece al viento. Todo lo cual podría hacerle recordar a cualquier desconsiderado lo que afirmaba el Salmo 73,22: Era como un necio y no lo sabía
La moderna Sociedad ha conseguido malabarismos asombrosos en el manejo del lenguaje. Los atentados de terroristas islámicos son calificados como obra de grupos incontrolados, o en todo caso como realizados por psicópatas inconformistas. Las oleadas de musulmanes que llegan continuamente a Europa (se cuentan por millares cada día), entre los que existen gentes de todo pelaje y hasta multitud de terroristas camuflados, son acogidos como refugiados a los que conviene hacer partícipes de la propia cultura y enriquecerse con la suya. 
Existen frases o expresiones cuyo solo hecho de ser pronunciadas puede acarrear multas o prisión. Como son, por ejemplo, la de terrorismo islámico o la de persecución sufrida actualmente por los cristianos. Esta última tiene lugar tanto en los países islámicos como en la propia Europa. Pero cualquiera que se atreviera a proferirlas necesitaría primero hacer alarde de valor: Pero, ¿cómo alguien puede achacar de terrorista a la religión de la paz? Y en cuanto a la persecución contra el Cristianismo, ¿pero en alguna parte existen cristianos perseguidos...? 
Para entender este conjunto de ideas no hay sino imaginar una hipótesis disparatada: ¿Alguien conoce de algún lugar en el que sean perseguidos o maltratados los musulmanes? 
Hemos dicho que existen realidades en la Sociedad actual sobre las que se ha extendido un riguroso manto de silencio. No existe de lo que no se habla y no se habla de lo que no existe. La inminente desaparición de Europa invadida por el Islam, la absoluta y total destrucción del Cristianismo con su inminente desaparición, la destrucción de todos los principios de raigambre cristiana que dieron forma a la Civilización Occidental, el Gobierno de las Naciones en manos de incompetentes o malvados manejados como títeres por la Masonería, la legitimación y exaltación de aberraciones que hasta ahora habían avergonzado a la Humanidad desde su creación, la destrucción de la familia, la corrupción de la infancia, la eliminación de la Enseñanza como medio de convertir en meros robots a las nuevas generaciones, la apostasía de la Iglesia y la traición de su Jerarquía... 
Sin embargo las masas están suficientemente preparadas para guardar silencio. Nadie replica en un mundo donde impera El Silencio de los Corderos. Y los corderos, como las ovejas, son mansos y se dejan conducir sin protestar. Los Gobiernos masónicos pueden dedicarse impunemente a la sistemática destrucción de las Naciones..., ante el más absoluto silencio de los ciudadanos. La Jerarquía de la Iglesia, Cardenales, Obispos, teólogos y capitostes, realizan una admirable labor de burla de la Palabra de Dios, de propagación de doctrinas que muchos calificarían como herejías, de destrucción del culto y de ridiculizar a todo lo que antaño se revestía de dignidad en el Catolicismo... Cabe, no obstante, el recurso de imitar a Diógenes: ir con la linterna buscando, si no ya al Hombre, al menos a algún Cardenal, Obispo o teólogo dotados de la suficiente valentía para mantener la propia dignidad y defender la Fe. 
Uno los casos más patentes y escandalosos de silencio que está ocurriendo en la actualidad es el de Portugal, sus terribles incendios..., y Fátima. A nadie se le ha ocurrido la posibilidad de que exista una relación que proporcione la clave de ciertos hechos. Bajo la advertencia, sin embargo, de que aquí no se dice que los incendios sean un castigo del Cielo por las profanaciones realizadas últimamente en Fátima. Lo cierto es que aquí se habla de una posibilidad. ¿Y quién goza de la suficiente autoridad para negar la posibilidad de tal posibilidad? 
Téngase en cuenta lo ocurrido en la celebración del Centenario.Se ha desvirtuado y falsificado el Mensaje de la Virgen, se ha degradado y hasta ridiculizado a la Persona de la Madre de Dios, se han llevado a cabo cultos que nada tienen que ver con el verdadero culto a Dios que siempre ha practicado la Iglesia, se ha revestido de caracteres masónicos la Basílica, se han adornado con estandartes gay las columnatas del recinto exterior, y se ha llevado a cabo lo que cualquiera denominaría como una burla general a los auténticos devotos de la Virgen y a la verdadera Fe
Es evidente que establecer una posible relación entre tales profanaciones y los incendios, aparte de lo que pueda ocurrir todavía, escandalizará a muchos. A los cuales sería útil recomendar que reflexionen en la necesidad que tendrían de demostrar que tal posibilidad es absurda y no puede darse. ¿Y por qué no podría darse? 

El Mundo moderno se ha acostumbrado a prescindir por completo de Dios. Pero la existencia de Dios no depende de que los hombres la admitan o la dejen de admitir. Y por otra parte, según advertía San Pablo, de Dios nadie se ríe
Se suele hablar de la infinita paciencia de Dios. Lo grave, y hasta peligroso, es que se desconoce por completo hasta donde puede llegar esa paciencia cuando se trata de insultos a su Madre.
Padre Alfonso Gálvez