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viernes, 19 de mayo de 2017

Reflexiones en torno a la salvación universal (por José Martí) [1 de 3]


Reflexiones en torno a la salvación universal [1 de 3]
Reflexiones en torno a la salvación universal [3 de 3]

Esta entrada está formada por un conjunto de reflexiones sobre la situación actual de la Iglesia y del mundo, tomando como base lo escuchado en la anterior homilía del padre Alfonso Gálvez y, por supuesto, los textos del Nuevo Testamento.

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Decía Jesús: "Sin Mí nada podéis hacer" (Jn 15, 5). Y también: "Nadie va al Padre sino por Mí" (Jn 14, 6b), hasta el punto de que, según le dijo a Felipe: "El que me ve a Mí ve al Padre" (Jn 14, 9) pues "Yo y el Padre somos uno" (Jn 10, 30). "Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida" (Jn 14, 6a). "Si permanecéis en mi Palabra, seréis en verdad discípulos míos, conoceréis la verdad y la verdad os hará libres" (Jn 8, 31-32) pues "todo el que comete pecado es esclavo del pecado" (Jn 8,34).

¿Existe alguna persona humana que pueda hablar de este modo? Absolutamente, no. Sólo Jesús, por una razón muy sencilla: Jesús es Dios. Su Persona es divina: "Por Él fue hecho todo y sin Él nada se hizo de cuanto ha sido hecho" (Jn 1, 3-4).

De igual modo nos habla san Pablo: "En Él fueron creadas todas las cosas" [...] "Todo ha sido creado por Él y para Él" (Col 1, 16). "Él es antes que todas las cosas y todas subsisten en Él"(Col 1, 17)

Cierto que Jesús es igualmente hombre: se hizo uno de nosotros por Amor, para que también nosotros pudiéramos amarle. "Nacido de mujer, nacido bajo la Ley" (Gal 4, 4). Dios tomó sobre sí nuestra naturaleza humana, haciéndola realmente suya, sin dejar de poseer también su naturaleza divina: verdadero Dios y verdadero hombre. Ése es Jesucristo: Dos naturalezas, la humana y la divina, en una sola Persona divina. 

Su "Yo" es divino y se dirige a nuestro "yo" reclamando nuestro amor, lo que sería imposible si no hubiéramos podido percibirlo con nuestros sentidos. Y ésa es la razón profunda -a mi entender- por la que se hizo hombre. De otro modo nuestra relación con Él hubiera podido ser de adoración, pero nunca de amistad ni de amor libre y recíproco, condiciones éstas que son esenciales al verdadero amor; y sin las cuales no puede hablarse realmente de amor

Este Amor es - en mi opinión - la razón principal por la cual Dios se hizo hombre. Se hizo un niño en el vientre de la Virgen María y nació como lo hacen todos los niños, sin dañar la virginidad de su Madre, lo cual podía hacer perfectamente, pues tenía poder para ello: era Dios. 

A la pregunta de por qué el Verbo se hizo hombre, en el Credo Niceno-Constantinopolitano tenemos la respuesta, pues cada vez que rezamos el Credo decimos:  "Por nosotros los hombres y por nuestra salvación bajó del cielo, y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María la Virgen y se hizo hombre". (CEC núm 456). Con relación a esto me vienen a la mente dos ideas que considero importantes:

PRIMERO: Es cierto que el Verbo se encarnó para salvarnos ("por nuestra salvación", hemos podido leer). Así se encuentra en diversos lugares de la Biblia, cuyas citas podrían multiplicarse. Por ejemplo, cuando leemos que "Dios nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados" (1 Jn 4, 10). O que "el Padre envió a su Hijo como salvador del mundo" (1 Jn 4, 14). O bien: "Él se manifestó para borrar los pecados" (1 Jn 3, 5) [CEC núm 457].

Pero nos engañaríamos si pensásemos que tales textos pueden ser interpretados como un argumento en favor de los que piensan que, por el mero hecho de que el Verbo se haya hecho hombre, desde ese mismo momento todo hombre ya está salvado. Tal interpretación por la que abogan todos los que apoyan la idea de la salvación universal es una falsedad

Debemos de tener en cuenta todas las expresiones y todos los textos del Nuevo Testamento para llegar a un conclusión lo más cercana posible a la realidad ... puesto que hay igualmente otra serie de textos bíblicos que, sin negar los anteriores, los matizan haciéndoles decir lo que realmente quieren decir. En todos los casos, una cosa es cierta: sin nuestra cooperación, [o sea, sin nuestro amor correspondiendo al suyo] Dios no nos salvará.

Así pues: por una parte no se puede escamotear la Palabra de DiosNo se puede añadir ni quitar nada al Mensaje recibido. A quien así actúe "Dios le quitará su parte del árbol de la Vida y de la Ciudad Santa" (Ap 22, 19). El Mensaje ha de ser transmitido íntegro. San Judas dice que debemos "luchar por la fe transmitida a los santos de una vez para siempre" (Jd, 3). 

Tal es nuestra obligación, en particular la de los pastores (sacerdotes, obispos, cardenales; y de un modo especial la del Papa), a saber, la de "guardar el depósito de la fe" (1 Tim 6,20). Y no puede ser de otro modo, puesto que "Jesucristo es el mismo ayer y hoy y lo será siempre" (Heb 13, 8). 

¿Significa esto que la Iglesia se opone al progreso? Todo lo contrario. Eso sí: se hace preciso hacer una distinción entre "progresar" y "perder la propia identidad". No son términos sinónimos. 

La Iglesia, como Cuerpo Místico de Cristo que es y, por lo tanto, un cuerpo vivo, no está estancada ni anquilosada en el pasado, sino que va creciendo, renovándose constante y continuamente. Esto es así. Y así se ha procedido siempre a lo largo del tiempo ... con la salvedad (¡muy importante!) de que quienes han contribuido a ese progreso que, de hecho, se ha ido produciendo desde que Jesucristo fundó su Iglesia, y que se ha puesto de manifiesto durante casi dos mil años, a lo largo de veinte Concilios previos al Concilio Vaticano II,  los Papas (dejando ahora aparte si han sido más o menos santos o pecadores), en todo momento, siempre han sabido y lo han tenido muy en cuenta, que dicho progreso -si quiere ser auténtico- consiste en PROFUNDIZAR en las palabras de Cristo, contenidas en el Nuevo Testamento, en la Tradición y en el Magisterio de la Iglesia. 

Pero profundizar para entender y conocer mejor a Jesucristo, "en quien están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia" (Col 2, 3) no significa cambiar el Mensaje, sino acercarse al misterio de Dios, ayudados por su gracia, al objeto de ir haciendo nuestra su Vida.  En dicho proceso, la Iglesia debe de mantenerse siempre "idéntica a si misma", como así se ha hecho ... ¡hasta ahora!

En los 20 Concilios previos al Concilio Vaticano II, durante casi dos mil años, se ha ido definiendo con claridad cada vez mayor el Mensaje recibido, rebatiendo todas las herejías que iban surgiendo, gracias a a los Padres de la Iglesia y a los grandes santos. Pensemos, por poner algunos ejemplos, en san Atanasio, San Agustín, Santo Tomás de Aquino, San Juan de la Cruz, Santa Teresa de Ávila, San Pío V y luego los últimos Papas de los dos últimos siglos como Gregorio XVI, Pío IX, León XIII, San Pío X, Benedicto XV, Pío XI y Pío XII; todos ellos grandes y santos Papas, cuyos Pontificados han sido clarividentes, denunciando todos y cada uno de los errores que podrían hacer peligrar la integridad de la Iglesia

De un modo muy especial cabría citar a san Pío X quien en su encíclica Pascendi denunció el modernismo, lo condenó expresamente y lo definió como la "suma de todas las herejías".

En cambio, lo que no se puede hacer [¡y se está haciendo!] so pretexto de abrirse al mundo y a los tiempos modernos, es cambiar el Mensaje recibido. Esto es muy grave. Estamos llegando a un punto en el que la verdadera Iglesia es cada vez más difícil de reconocer. 

Nunca, como hoy, se cumplen con tanta exactitud, aquellas tremendas palabras del apóstol san Juan cuando decía que "el mundo entero está bajo el poder del Maligno" (1 Jn 5, 19), con la particularidad de que ahora es la propia Iglesia, [¡la Iglesia actual!], la que se ha "abierto" al mundo de manera tal que se está confundiendo con él. Y esto está ocurriendo a un ritmo trepidante, cada vez más intenso y con mayor envergadura

Podemos esconder la cabeza ante la realidad, como el avestruz, y pensar que no pasa nada. Pero lo cierto es que sí pasa. Y muy grave.

Tal apertura al mundo que comenzó básicamente con el discurso del papa Juan XXIII, en la inauguración del Concilio Vaticano II, el 11 de octubre de 1962, ha llegado a unos extremos tales que podría decirse que la Iglesia de siempre está desapareciendode un modo casi imperceptible por algunos, pero muy real y diabólico. Algo de ello vislumbraba ya el papa Pablo VI cuando en 1978 dijo aquellas famosas palabras: "El humo de Satanás se ha infiltrado en la Iglesia". Hoy, casi cuarenta años después, esa frase es mucho más cierta que cuando fue pronunciada.

La gran verdad y el gran problema - al mismo tiempo- es que el hombre se ha erigido a sí mismo como Dios y lucha contra Jesucristo ... ¡y esto se da también en muchos de los "pastores" y jerarcas que se encuentran infiltrados, como caballos de Troya, en el seno de la misma Iglesia, "pastores" que, en realidad, han perdido la fe en todo lo que es sobrenatural, dejándolo reducido a lo meramente mundano. 

¿Es que hay otra Iglesia? Porque si la hubiera, tal Iglesia, que ya no se parecería prácticamente en nada a la Iglesia bimilenaria, sería una falsa Iglesia. No sería la verdadera Iglesia, no sería la Iglesia Católica que Jesucristo fundó. Aun cuando "legalmente" siguiera siéndolo, al menos momentáneamente, habría ciertos puntos en los que no podría ser obedecida por quienes fuesen realmente católicos, porque -de hacerlo- ofenderían a Dios. Y ya sabemos que "es preciso obedecer a Dios antes que a los hombres" (Hech 5, 29).

[Esto es lo que ha ocurrido, por ejemplo, con la exhortación apostólica "Amoris Laetitia", según la cual habría casos en los que en situaciones de pecado mortal objetivo se podría comulgar: la Palabra de Dios está por encima de las palabras de los hombres ... incluso aun cuando estos hombres fuesen nada menos que representantes suyos en la Tierra ... dado que no estarían actuando como buenos pastores, al manifestarse en contra del Buen Pastor, del Único Pastor, que es Jesucristo. Y, en realidad, esto de la AL no es sino el primer paso de un proceso en el que se quiere implantar el Nuevo Orden Mundial en el seno mismo de la Iglesia Católica, si Dios no lo remedia. Yo, al menos, así lo pienso]

Si nos apartamos de Jesucristo no tenemos nada que hacer, puesto que Él es el Camino (¡el único camino!), la Verdad (¡no hay otra verdad!) y la Vida (¡fuera de Cristo no hay vida!). Sabemos que "ningún otro Nombre hay bajo el cielo, dado a los hombres, por el que podamos salvarnos" (Hech 4, 12b) y que "en ningún otro hay salvación" (Hech 4, 12a). 

Y es a este Jesucristo al que se nos quiere robar. Y quien (o quienes) así quieren hacerlo se encuentran también (y en un número cada vez mayor) en el seno de la Iglesia. Falsos pastores de los que hay que huir, porque pretenden no ya matar nuestro cuerpo sino -lo que es peor- nuestra alma. Y eso un cristiano, que lo sea de verdad, no puede consentirlo. Si quien nos habla (sea quien sea) nos dice algo que contradiga todo cuanto la Iglesia nos enseña (¡me refiero a lo que siempre ha enseñado, manteniéndose fiel a las palabras de Jesús!) entonces ese tal no quiere nuestro bien. Y nos está engañando. No debemos de hacerle caso. 

Se podrían poner muchos ejemplos. Se me ocurren dos ahora mismo: 

- Si alguien (¡da lo mismo quién sea!) nos dice que todas las religiones son iguales, que en cualquier religión es posible la salvación, que lo mismo da Buda que Mahoma o Jesucristo, ese tal nos está engañando. Lo que dice es una falsedad. Y si le hacemos caso seremos culpables ante Dios de nuestra conducta y no podremos escudarnos diciendo que fuimos engañados. Sólo es engañado quien quiere ser engañado. Ya sabemos muy bien que quien así habla es un estafador de la Palabra de Dios y que, por lo tanto, no debemos de hacerle caso en lo que dice. 

- Si alguien dice que los dogmas pertenecen a los teólogos, pero no al simple pueblo cristiano. Si nos dice que eso son teorías y que hay que ser prácticos. Si nos dice que Jesús está en los demás, olvidándose de su Presencia Real en el Sagrario, de la cual no nos habla ... ¡estemos alerta! Esos tales nos están engañando. Lo que dicen es una falsedad. "Son falsos apóstoles, operarios engañosos, que se disfrazan de apóstoles de Cristo. Y no ha de extrañar, pues el mismo Satanás se disfraza de ángel de luz. Por tanto, no es mucho si también sus ministros se disfrazan de ministros de justicia; pero su fin será según sus obras" (2 Cor 11, 13-15).

No olvidemos que los dogmas son esenciales en la Religión Católica y que no se pueden saltar a la torera. Es más: son verdades absolutas que deben de ser creídas, aun cuando no se comprendan del todo, puesto que nos adentramos en el misterio de Dios. No son algo meramente teórico, apartado de la realidad de la gente

Los Dogmas, que nos sirven para conocer a Jesucristo y a su Iglesia, son también la base -fundamental- sobre la que se sustenta la Moral y la Pastoral católicas. Si esta base se elimina -o simplemente se silencia, como si no existiera- todo el edificio se viene abajo ... o corre ese riesgo si no se actúa a tiempo ... aunque "el tiempo es breve" (1 Cor 7, 29). Se hace preciso actuar y pronto

Se diga lo que se diga, la salvación no es universal ... De lo contrario, no aparecerían estas hermosas palabras del Apocalipsis escritas como fuego en nuestros corazones:  "He aquí que vengo pronto y conmigo mi recompensa para dar a cada uno según sus obras(Ap 22, 12)

Continuará